viernes, 30 de julio de 2010

¡Cachiporristas, a la porra!

La Secretaria de Inclusión Social y el Ministro de Educación, entre otros funcionarios, se han pronunciado por suprimir a las cachiporristas en los desfiles escolares, esas señoritas a quienes los finos humoristas argentinos “Les Luthiers” describieron como “jóvenes y hermosas bastoneras (que van) marcando el paso con sus doradas botas y sus brevísimas faldas”. La prohibición, según declaraciones, se vuelve urgente ante la inminencia de los actos conmemorativos de la independencia nacional, amparándose en dos argumentos: primero, que dicha práctica es inmoral y denigra la imagen de la mujer; segundo, que puede servir de escaparate frente a las redes de prostitución infantil infiltradas en el sistema.

Acerca del segundo argumento y a partir de las investigaciones realizadas, la Policía Nacional Civil aclaró que no vincula ese delito con el tema de las mencionadas porristas; así pues, el análisis ha de hacerse alrededor del primer punto.

Los desfiles con bandas militares y cachiporristas femeninas al frente han sido una tradición de décadas en muchísimos países, si bien su antigüedad no las blinda contra cuestionamientos a la luz de las creencias y teorías contemporáneas. En nuestro país y hasta donde se sabe, las adolescentes que allí participan lo hacen voluntariamente y con el consentimiento de sus familiares, ponen mucho entusiasmo y dedicación, invierten decenas de horas en los ensayos y financian muchas veces con recursos propios la confección del vestuario. Desde el punto de vista operativo, esta actividad es toda una disciplina que les da orgullo y fortalece su autoestima a partir del cumplimiento de ciertas expectativas que se han formado dentro de su contexto sociocultural, si bien hay muchos y muchas moralistas que se indignan precisamente por ese hecho.

En esa línea, quizá la intención de la titular de la SIS no haya sido tildar de prostitutas potenciales a las escolares en cuestión, pero sí se excedió en severidad y cierto fanatismo feminista al afirmar sin más que esas chicas participan en actos inmorales y denigrantes. En contraposición, el alcalde de la capital manifestó su apoyo al mantenimiento de la tradición, bajo el argumento del necesario “colirio” para los ojos, con lo que no hizo sino darle algo de razón a sus opositoras.

En cualquier caso, nadie niega que entre el público que acude a presenciar los desfiles hay ojos morbosos que miran a estas señoritas como objetos sexuales y no como animadoras que “dan belleza, gracia y colorido” a estos eventos, como se dice comúnmente. No obstante, cabe preguntarse si esta clase de espectadores son la mayoría, si el problema está en las chicas mismas o en la mente de quienes las ven con lascivia en cualesquiera situaciones, si eliminar a las cachiporristas por esta causa es realmente concederle la victoria moral a estos jayanes y su visión de mundo, si de ahora en adelante estas chicas deben sentirse mal porque así lo dictamina un particular enfoque moral o de género, etc.

Cuando lo que se busca con sensata razón es evitar el exhibicionismo y proteger la imagen de las niñas, lo justo, correcto y adecuado en este caso es elaborar una normativa de consenso en cuanto al vestuario y dar orientaciones claras con respecto a las coreografías. Si en lugar de eso se imponen decisiones radicales desde una presunta elevación moral, religiosa o intelectual, emulando el camino tomado por fundamentalistas de otros órdenes y lugares, lo único que se logra es provocar malestares y frustraciones entre las personas afectadas.