miércoles, 17 de junio de 2015

La madre omitida

Tierra de infancia es una entrañable colección de estampas de la infancia de Claudia Lars, publicada en 1958. El ejemplar cuya fotografía ilustra esta entrada es la primera edición que se terminó de imprimir el 22 de octubre de ese año en los talleres del entonces Departamento Editorial del Ministerio de Cultura de la República de El Salvador.

Este volumen tiene veinticuatro relatos de magistral prosa, que nos transportan a un espacio idílico que la autora describe así:

Entre el volcán y el mar nació la niña de este libro: el volcán de sus abuelos morenos, el mar de sus abuelos blancos. (…) En el valle natal mi corazón se fue abriendo como una flor gozosa, y su raíz de sangre y arrobamiento se anudó, con fuerza oculta y permanente, al seno acogedor de la madre tierra.

En el prólogo del libro, Eduardo Mayora detecta una de las motivadoras intenciones del texto:

Es el pago de una deuda sagrada a la memoria de hombres y mujeres que supieron querer y hacer feliz a una niña soñadora: desde el abuelo recio y recto como las ceibas de su heredad; el padre fino y complicado como su remota Irlanda, la isla de los santos; el indio Cruz, modelo de atractiva simplicidad; Anselmo, embustero prodigioso; la Niña Meches, la Zarca Chica y tantos otros…

Hasta aquí, nada fuera del guion.

Pero cuando -hará más de una década- yo leí por primera vez Tierra de infancia (versión de UCA Editores, 1987-2004), detecté una imperfección orgánica extrañísima, un final impertinente, una intervención de más, después del cierre magistral de una sinfonía. En efecto, todo apunta a un grand finale majestuoso cuando en el relato “La hora del fuego” emprende la vehemente despedida (“¡Adiós, paisaje mío… comarca de mis juegos y de los más preciosos hallazgos…!”) que culmina de esta manera: “En paraíso de recuerdos podría encontrar siempre, sin jamás perder su juventud ni su alegría pura, a la dichosa niña de ayer.”

Mas, al pasar la página… ¡había un capítulo más!

Hablando con mi madre

Al terminar de escribir este libro de recuerdos quiero decirte -¡amada madre muerta!- palabras que no me atreví a pronunciar cuando vivían en nuestro mundo, pero que vibraban en el fondo de mis secretos como burbujitas de amor. Me duele no haberlas dicho entonces, pues te pertenecían desde mis primeros esfuerzos por aprender el lenguaje humano. Sin embargo, sé muy bien que el silencio, guardián de sueños y de cantos, nunca fue motivo de incomprensión entre tú y yo. ¿Acaso no eras la silenciosa por excelencia? ¿No preferías una sonrisa a un verso y una incompleta lágrima a cualquier promesa o disculpa?

Y así continúa por algunos párrafos más.

Me quedé con la fuerte sospecha de que ese capítulo adicional no debía haber estado en los planes originales, así que cuando encontré el ejemplar de 1958 en la biblioteca de mi padre, comparé el contenido y… ¡exacto! El texto dedicado a la madre de Claudia no estaba en su Tierra de infancia dada a luz en aquel año. Este debió ser añadido en alguna de las ediciones posteriores, junto con otros dos episodios de menor relevancia: “Matrimonio infantil” y “Tío Antonino”.

¿Por qué la omisión de la figura materna en aquellas memorias? ¿Por qué y a iniciativa de quién vino esa inclusión extemporánea? ¿Por qué la madre muerta y no en vida como los demás personajes? ¿Qué nos revela ese curioso detalle? ¿Alguna vez lo sabremos?