viernes, 18 de septiembre de 2026

Temores educativos frente a la tecnología

Publicado en Diario El Salvador

Últimamente han aparecido diversas voces que piden limitar, detener o incluso revertir el uso de la tecnología en la educación, particularmente de la inteligencia artificial. Algunos incluso plantean regresar al papel y lápiz, así como mantener los tradicionales “libros de texto” impresos, por encima del uso de computadoras o tabletas, argumentando que la tecnología estaría provocando retrocesos en la comprensión lectora o incluso “atontando” a los jóvenes.

Este tipo de temores no es nuevo. Cada vez que aparece una tecnología capaz de modificar profundamente la manera en que se hacen las cosas, surgen quienes advierten sobre sus peligros —a menudo, en tono apocalíptico—. Quienes hoy rondan los sesenta años de edad recordarán que, hacia 1980, hubo instituciones educativas y maestros de matemáticas que llegaron a prohibir el uso de las calculadoras científicas, bajo el argumento de que a los estudiantes se les atrofiaría el cerebro (cosa que no ocurriría al seguir utilizando, por ejemplo, las tablas de logaritmos). La historia demostró que aquellos temores no tenían sentido. La calculadora no eliminó el razonamiento matemático; más bien, lo amplió, permitiendo hacer determinadas operaciones con una rapidez y una precisión que antes no eran posibles, al tiempo que facilitaba el desarrollo de nuevas habilidades.

Mantener la guerra contra la calculadora habría sido tan absurdo como pensar que, para investigar y adquirir conocimientos, se siguiera acudiendo a aquellas enormes enciclopedias que ocupaban varios estantes y cuyo contenido quedaba desactualizado mucho antes de que alguien volviera a consultarlo, cuando se cuenta ya con más de tres décadas de acceso libre a la “biblioteca global computarizada”, nombre que Isaac Asimov utilizó hace casi medio siglo para anticipar lo que hoy conocemos como Internet.

La idea clave es que una nueva herramienta tecnológica facilita tareas que antes se hacían de manera más lenta e ineficiente y, además, permite desarrollar nuevas capacidades. El problema aparece cuando se pretende evaluar las nuevas tecnologías exclusivamente desde las habilidades que eran necesarias antes de su existencia. Un ejemplo claro sería quejarse de la pérdida de la capacidad de buscar una palabra alfabéticamente en un diccionario físico, en vez de valorar la capacidad de encontrar el término en la aplicación de la Real Academia Española, siempre actualizado e interactivo. Por eso, el debate entre “tecnología sí o tecnología no” es un falso dilema. La pregunta importante es: ¿cómo se integra la tecnología en la educación para que esté al servicio del aprendizaje? La solución no es regresar al pasado, sino aprender a utilizar mejor las herramientas del presente.

Lo que sí constituye un debate crucial es la distinción entre tecnología educativa y tecnología distractora. El teléfono celular, por ejemplo, puede ser un distractor dentro del aula, por el acceso permanente a chats, redes sociales y otros contenidos que compiten con la atención del estudiante. No cualquier uso de cualquier dispositivo en cualquier momento es pedagógicamente conveniente. Pero de allí a pretender exiliar de la escuela las computadoras, las tabletas o la inteligencia artificial hay una enorme distancia: esas herramientas forman parte del mundo en el que los jóvenes tendrán que estudiar, trabajar y desenvolverse.

Así pues, la responsabilidad de la educación es enseñar a utilizar críticamente las herramientas del mundo en el que los jóvenes viven y al que van a integrarse. Eso significa enseñarles también a preguntar, verificar, contrastar información, resolver problemas, crear y pensar con independencia utilizando las posibilidades que ofrece la tecnología. La inteligencia artificial plantea desafíos reales y exige nuevas formas de enseñar y evaluar. Pero la respuesta no puede ser reaccionaria, ni tampoco el miedo o la nostalgia. Hay que aprender a integrarla de manera inteligente, para que sea una herramienta educativa y no un sustituto del aprendizaje. Y en esa tarea, los primeros en actualizarse y adquirir criterios apropiados son, sin duda, los docentes.