domingo, 4 de mayo de 2008

Ataúdes

Descontadas las excepciones de incineración póstuma (o que nuestro próximo cadáver vaya a ser devorado por fieras salvajes, aves carroñeras o peces omnívoros), un ataúd es un objeto del cual uno puede estar seguro que va a necesitar, junto con los correspondientes servicios funerarios: preparación del cuerpo para retrasar la inminente putrefacción, sala de velación, carroza fúnebre, etc.

Comprar uno de estos combos cuando la persona usuaria todavía no ejerce su condición de difunta tiene la ventaja de poder evaluar las ofertas con serenidad y mente clara: exploramos con más cuidado los tipos de ataúd, las horas de preparación que convendría darle al occiso u occisa, el tamaño y características de la sala de velación, las medidas internas de la caja, quién hará el café y proveerá los panecillos, etc.

Aparte de los trámites del cementerio, un funeral decente (sin lujos irracionales pero tampoco miserable), viene costando entre setecientos y mil quinientos dólares, pagaderos anticipadamente en cuarenta y ocho cuotas. Sin embargo, la negociación al momento de contratar el paquete no deja de tener sus momentos curiosos, básicamente porque seguimos considerando absolutamente anormal el trámite y la ponderación de todas las características ofrecidas por esta o aquella empresa, en la relación costo-beneficio.

En todo esto, el concepto clave es el "beneficio". Queda estipulado que si el contratante fallece dentro del plazo convenido para el pago de las cuotas, la deuda restante queda cancelada y la familia recibe el equivalente al monto hasta entonces pagado. Es entonces cuando uno cae en la cuenta de que, tanto para usar el bien adquirido como para hacerse acreedor de ese "beneficio"... ¡nada más hace falta morirse!