miércoles, 3 de septiembre de 2008

Ganas de molestar

Hoy temprano pasé por un quiosco instalado en uno de los muchos centros comerciales por donde circulan esas multitudes de quienes sospecho que van más a ver que a consumir. Mi intención era comprar un objeto por la cantidad de “x” dólares más veinticinco centavos. Al momento de pagar, lo hice con la cantidad de “x+1” dólares, pero la dependienta (“vivo” ejemplo de una vaca echada) preguntó medio de mala gana si no tenía yo los veinticinco centavos, pues ella carecía de todo tipo y denominación de monedas. Respondí negativamente y -ante la prolongada, patente y manifiesta pasividad de la tipa, como si vender fuera su mayor suplicio- prometí regresar. Instantes después, luego de escrutar las entrañas de una pisterita que habitualmente llevo en el vehículo, derramé cortésmente sobre el mostrador los “x” dólares... más las correspondientes veinticinco unidades de un centavo. No sé por qué la dependienta ni siquiera los contó, ni tampoco si fue real cierta imprecación que creí escuchar a mis espaldas, mientras me alejaba con la misma risita del glorioso bachiller Gorgojito. Ahora me arrepiento, pues con un poco más de esfuerzo... ¡bien hubiera pagado todo a puro centavito!