domingo, 8 de febrero de 2009

Majestuoso y elegante

Difícilmente recuerde algún fragmento de otra película (vista en aquel antiguo y ya inexistente cajón llamado cine “Olimpia”, de Santa Tecla), que sea anterior a “El abominable Dr. Phibes”. Dice mi madre que yo, como a los seis años de edad, me ponía una toalla oscura por capa y hacía ademanes como si ejecutara el siniestro teclado de aquel médico demente. A la distancia, apenas había algunos fotogramas que tenía guardados en la lejana memoria: un líquido verde saliendo por un tubo, unas como langostas devorando un cadáver reciente y, por supuesto, el calavérico rostro del protagonista, en medio de los tétricos acordes siniestros de un órgano tubular. No supe hasta este día, cuando encontré la película y la vi nuevamente, qué me había cautivado a tan temprana edad: fue su elegancia y majestuosidad, el estilo del Dr. Phibes para hacerlo todo tan pausada y artísticamente, con todos los detalles calculados... ¡y en un impecable orden!