domingo, 12 de septiembre de 2010

Humilde defensa de la autopromoción

Hay quienes censuran la promoción de las propias obras, como si al hacerlo se faltase a una especie de ética estética establecida en medios culturales desarrollados. En cambio mi padre, el poeta Rafael Góchez Sosa, siempre animaba a hacerlo con una comparación fabulesca: “la gallina cacarea cuando pone un huevo, si no, nadie se entera”. No estoy por quejarme ni del público ni de los medios locales, pero es una evidencia incontestable que si no es uno mismo quien anda de caradura de aquí para allá promocionando su más querido arte, éste permanecerá guardado esperando eternamente a un acucioso investigador-promotor que no existe.

Ciertamente, se corre el riesgo de caer mal cuando se confunde el reconocimiento de los propios méritos con la presunción o incluso la fanfarronería, pero es aún peor el otro extremo: el de la falsa modestia, que lleva a la minimización y ocultamiento de lo que uno es capaz de hacer; por eso, uno debe ser el principal fan de uno mismo. Vaya, que puestos a justificar, hasta podríamos utilizar citas bíblicas (con o sin contexto, aunque sea para fines particulares y con permiso de la ortodoxia): “Nadie enciende una lámpara y la cubre con una vasija, o la pone debajo de un lecho, sino que la pone sobre un candelero, para que los que entren vean la luz” (Lucas 8, 16); porque, después de todo... ¡es algo bueno y bonito lo que aportamos!