martes, 27 de diciembre de 2011

Claroscuro

Confianza y temor son los dos lados de una misma moneda, como la luz y la sombra, la alegría y la tristeza, el sonido y el silencio. No es posible entender la una sin el otro. Donde hay confianza cede el temor, mientras que el temor impide la confianza.

Incluso en situaciones extremas y dolorosas, elegimos estar donde creemos estar relativamente mejor o, en ocasiones, con menor mal en comparación con la situación alternativa que la vida ofrece, opción que acaso no siempre sea la ideal porque, como recalcó el Tío Scar al solo comenzar la película “El Rey León”, la vida no es justa.

Hay quienes dicen que no se debe elegir sobre la base del temor sino de la confianza, pero la distinción es algo gratuita y tautológica. Al decidir sobre cualquier opción que se nos presenta en la vida, ponderamos qué pesa más y hacia allí nos orientamos: si confiamos y optamos por una ruta es porque en ella no vemos elementos temibles y sí alentadores, mientras que el rechazo de su alternativa en la bifurcación o encrucijada se basa en el natural alejamiento de aquello que podría dañarnos de cualquier manera.

La ciega confianza y el ciego temor son caminos bastante seguros a la catástrofe. En este sentido, la vida es como el ajedrez, donde la elección de una variante supone haber ponderado otras opciones y posibilidades que finalmente fueron descartadas: desde las más cercanas al camino tomado por sólido y seguro, hasta aquellas que con toda claridad se revelan como perjudiciales.