domingo, 11 de diciembre de 2011

El perenne lío del sonido

Con varias personas relacionadas con el mundo de la música local hemos sufrido y comentado, desde que tengo memoria, acerca de la casi absoluta carencia de personas que puedan operar bien las consolas o “mixers” que comandan la amplificación de sonido en cualquier tipo de presentación, a satisfacción del artista.

Esto ocurre tanto con los músicos amateurs como con los grupos que se dedican a ello como profesión, tanto en eventos en vivo como en estudios de grabación. Incluye desde los operadores empíricos multiusos acostumbrados a poner reguetón o música electrónica a todo volumen tipo microbús, hasta personas que supuestamente han llevado cursos de ingeniería de sonido, aunque el resultado no se oye por ningún lado.

Al solo escuchar una canción grabada aquí, se nota el sello de la “música nacional”, que va desde el abuso de la reverberación hasta la ya clásica hamaca del ecualizador gráfico, pasando por encima de la especificidad de cada instrumento. En las mezclas en vivo, cualquiera diría que el propósito del sonidista es evitar que se escuche y se entienda la letra de lo que se canta, aparte de la cantidad de feedbacks de toda frecuencia que suelen martirizar a los músicos y al público, para no hablar del caos usual del monitoreo, vital para que el grupo se escuche a sí mismo y no toque “a ciegas” (técnicamente, “a sordas”).

Una dificultad añadida en el caso de los grupos no comerciales está en que los músicos generalmente aceptan de buen grado tocar de gratis, por el puro placer artístico; sin embargo, ya que el operador de la consola no suele recibir el aplauso y la retribución admirativa con la que uno, de artista, se siente feliz, cuesta mucho más encontrar a alguien a quien capacitar para dicha labor y que acepte ser parte del “staff” en términos ad honorem, o sea, “de choto”.

Así pues, no queda más que armarse de paciencia y soportar lo que hay, aunque -eso sí- con la ventaja actual de aprender poco a poco -aunque sea vía internet- y aplicar los secretos del buen mezclar.