viernes, 14 de marzo de 2014

Las misas combativas

Toda persona ha de hacerse, al menos una vez en el transcurso de su vida, la pregunta metafísica de “¿por qué?” se encuentra en la situación en la que se halla, especialmente si esta ha persistido durante mucho tiempo y es desgraciada.

Para quienes nacieron y crecieron en la pobreza material -lejos del goce de sus derechos económicos, sociales y culturales- la religión cristiana proveyó, en distintos momentos de la historia, dos respuestas diametralmente opuestas.

La primera de ellas es determinista y fatalista: “eres pobre porque esa es la voluntad de Dios”; por lo tanto, tienes que ser conforme (“no se mueve la hoja de un árbol sin que Dios así lo quiera”), sé paciente y resígnate, pero confía en que, en la otra vida, tendrás tu recompensa por todo este sufrimiento. Para reafirmarlo, se cita e interpreta literalmente a Lucas 6, 20 (“bienaventurados los pobres”) y se anima al pobre desgraciado o desgraciada a orar y esperar acaso la misericordia divina. Algunos van más allá, atribuyendo las tribulaciones a alguna blasfemia y consecuente castigo, a partir de la imagen construida de un Dios celoso y vengativo. Esta respuesta es la que ha predominado durante la mayor parte de la historia occidental y aún se sigue propagando en muchas prédicas.

Por el contrario, la segunda respuesta destaca el libre albedrío: “eres pobre porque hay un pecado social de injusticia y exclusión”; por lo tanto, no es la voluntad de Dios que el mundo funcione de esa manera, se puede y se debe luchar contra la injusticia. En su momento, fue la Teología de la Liberación quien con mayor radicalismo citó y reinterpretó desde esta perspectiva muchos pasajes bíblicos, planteando un Dios redentor en este mundo (como el que sacó a su pueblo de la esclavitud en Egipto), retomando a los profetas que denunciaron los abusos de los poderosos y caracterizando a un Jesús no solo solidario sino hasta combativo.

Esta respuesta esperanzadora se dio con mayor énfasis en Latinoamérica en la década de 1970, después del Concilio Vaticano II y las conferencias episcopales de Medellín y Puebla, coincidiendo con el auge de los movimientos sociales revolucionarios, muchos de ellos de corte marxista. Esta cercanía provocó que muchos cristianos posconciliares fueran acusados de comunistas y, en el contexto de la Guerra Fría y al amparo de la Doctrina de la Seguridad Nacional, sufrieran persecución, cárcel, tortura, exilio o muerte.

Una de las muestras más radicales, representativas y populares de esta forma de entender el cristianismo fue la Misa Campesina Nicaragüense, compuesta por Carlos Mejía Godoy. En ella hay cantos que reafirman sentimientos de organización social, igualdad y solidaridad, pero sobre todo combatividad ante los opresores y explotadores del pueblo pobre, con una clara dirección de apoyo a los movimientos sociales de reivindicación.

Yo creo en vos, compañero,
Cristo humano, Cristo obrero,
de la muerte vencedor,
con el sacrificio inmenso
engendraste al hombre nuevo
para la liberación.
Vos estás resucitando
en cada brazo que se alza
para defender al pueblo
del Demonio explotador
,
porque estás vivo en el rancho,
en la fábrica, en la escuela.
¡Creo en tu lucha sin tregua,
creo en tu resurrección!

(Tercera estrofa del “Credo”, de Carlos Mejía Godoy)

Y en esta otra canción llega bastante más lejos:

José el pobre jornalero,
se mecateya todito el día,
lo tiene con reumatismo
el tequio de la carpintería.
María sueña que el hijo
igual que el tata sea carpintero,
pero el cipotío piensa:
“¡Mañana quiero ser guerrillero!”

("El Cristo de Palacagüina")

Seguramente a muchos/as podrá no parecerles bien el uso de la imaginería religiosa con fines políticos, y tendrán sus buenas razones; pero también hay que comprender que en el contexto de los setentas las opciones eran pocas y la situación, angustiosa y urgente para defender causas que se consideraban justas.

Sin embargo y pese a todo, una cosa no se puede negar: que muchas personas entraron a las luchas revolucionarias con una convicción de justicia y libertad que tuvo “la bendición de Dios”; o sea, no eran comunistas ateos, sino -en todo caso- bastante creyentes.