jueves, 5 de noviembre de 2009

El genio y la estrella

No por obvio es menos cierto que en cada exitosa combinación de talentos cada quien ha aportado lo justo y necesario para que el equilibrio sea y se mantenga perfecto. Asi sucede con una de las asociaciones más agradables al oído: la de Richard y Karen Carpenter: ella con su voz tan natural, sonora, vigorosa y no obstante suave y acariciadora; él con su talento para encontrar los sonidos y armonías apropiados en los coros e instrumentos y dar así el sostén necesario para potenciar el singular don que su hermana poseía. En la base de las canciones estuvo el legendario y sempiterno piano Rhodes, aunque la magnificencia de los arreglos venía dada por los sutiles y nada convencionales coros polifónicos (estos sí en tono de química familiar), además del buen gusto para colocar el sonido del instrumento apropiado en el momento exacto (Richard era capaz de contratar a un músico para tenerlo sentado durante casi toda la canción y, no obstante, hacerlo intervenir en una o dos líneas que le daban la fineza y el agrado a la pieza, bien con una guitarra en pizzicato, una cortina de arpa, unas cuantas notas de banjo, una cornetita melodiosa y discreta, etc.). Ciertamente, oír a buen volumen la música de los Carpenters es una vitamina para el espíritu, pues hace parecer... ¡que todo el mundo funciona con esas mismas deliciosas armonías!