domingo, 4 de marzo de 2012

Públicos indómitos

“La música de Wagner me gusta más que ninguna otra. Es tan ruidosa que se puede hablar todo el tiempo sin que otras personas oigan lo que se dice. Eso es una gran ventaja, ¿no le parece, señor Gray?”

Lady Wotton en "El retrato de Dorian Gray", capítulo 4.

La palabra “audiencia”, referida al público que asiste a un acto o espectáculo, tiene en su raíz el vocablo latino “audio”, que significa “oír”.

¿Tan difícil es ser parte de ella?

No, no me refiero al caso de un artista que se plante espontáneamente en la acera o a mitad de un parque y pretenda que la gente interrumpa sus actividades para cubrirlo de gloria, aplausos y de monedas. Estoy hablando de presentaciones que se desarrollan en lugares tradicionalmente destinados a tal fin, sean auditorios, cines, teatros o salas de conciertos, adonde se supone que la gente acude con el propósito de escuchar.

El artista sabe que las reacciones ante su obra pueden ser diversas, tanto de aceptación como de rechazo, y todo comentario posterior a su recepción es legítimo en la medida que responde a las preferencias o gustos. En el mejor de los casos, si el público ya conoce la canción, le enerva y desea palmearla o cantarla en coro multitudinario, será la realización plena; pero si no, lo único que el ejecutante pide es que se le tenga en consideración, es decir, que se le atienda y escuche en respetuoso silencio, para lo cual solicita “unos minutos de su amable atención”.

Este gesto aparentemente tan sencillo es tarea cada vez más difícil en la Guanaxia Irredenta.

Tal fea costumbre se manifiesta en personas de toda condición y edad, y las formas son vulgarmente simples pero insólitamente absurdas.

En el largamente esperado concierto de Silvio Rodríguez en el país, había uno que estaba narrando vía teléfono celular su estadía en el Estado “Mágico González”, con conversaciones tales como “¡sí, ahorita está cantando ‘Ojalá’!”. A menos que tuviera doble sentido auditivo, dudo mucho que haya podido escuchar al cantautor cubano.

No creo que pegar gritos histéricos sea compatible con apreciar letras y música de cualesquiera grupos, sean o no masivamente populares. En otras latitudes y tiempos, eso ya les resultada frustrante y desagradable a los Beatles en sus últimos conciertos, allá por 1966.

En presentaciones teatrales de calidad diversa hay quienes llegan a ocupar las butacas, a veces pagando, solo para conversar durante toda la función y aplaudir cuando finaliza, como si se hubiesen enterado de algo. Si en un cine ya es molesto, a pesar de los miles de watts de potencia de los altoparlantes, tanto más donde la actuación es a viva voz o incluso con amplificación moderada.

Hace algunos años, el Dr. Germán Cáceres, director de la Orquesta Sinfónica, suspendió un concierto en el Teatro Presidente, justamente indignado por el creciente ruido ambiental de conversaciones y cierta gritería propia del patio de juegos de una guardería.

Yo mismo, en cuanto organizador, estuve a punto de emular ese gesto en un concierto con varios grupos invitados, donde tuve que hacer cuatro exhortaciones desde las más sutiles, indirectas y diplomáticas, hasta otras más enérgicas en diversos momentos, ya que la masa no se daba por enterada.

La pregunta retórica por la cual escribo estas líneas con ánimo de Pedro Picapiedra (“¡me hierve el buche de gusanos!”) es la siguiente: si no es para escuchar la música, ¿para qué *** llegan? No es el caso que en principio oigan, luego les disguste y en consecuencia hasta entonces pierdan la atención. No. Es que ni siquiera lo intentan.

¿No hay acaso otro montón de espacios libres y gratuitos para platicar a su gusto, sin que cantantes, actores, actríces y músicos de todo género les estemos interrumpiendo su conversación?