lunes, 13 de noviembre de 2006

Relojero por necedad

“Necio” es un adjetivo (usado también como sustantivo), aplicable tanto al “ignorante y que no sabe lo que podía o debía saber” como al “terco y porfiado en lo que hace o dice”. Ambas definiciones aplican a mi oficio de relojero circunstancial.

Hacia 1988 -años más, años menos- nos vimos en la necesidad de dar en alquiler un pequeño local, un cuarto de la casa que da a la calle. Los inquilinos fueron un par de conocidos, recién graduados en publicidad y relaciones públicas, cuyo plan era pintar un enorme rótulo en la fachada exterior, a fin de atraer clientes que hicieran uso de sus facultades profesionales en ese vertiginoso mundo.

No sé si por ingenuos, pasivos o por falta de contactos clave, el caso es que, a los pocos meses, fracasaron en su empresa, quedando además sin pagar los últimos meses de la renta. No obstante, quizá en abono de la deuda o simplemente por olvido, dejaron abandonado en su ex oficina un antiguo reloj de pared, de los de cuerda, péndulo y campanas tubulares.

El aparato funcionaba en sus dos terceras partes: el reloj en cuanto tal, más el mecanismo productor de variaciones melódicas cada quince minutos, a partir de cuatro notas esenciales, la más larga de ellas al mejor estilo del Big Ben. Luego de una mínima investigación empírica, descubrí que la tercera cuerda rota debía dar vida a solemnes campanadas graves, cuyo número variaba según la hora en punto. El aparato de relojería estaba montado sobre un gabinete de madera, en estado aceptable, y así nos lo quedamos.

Andando el tiempo, no sé si por parecerle bullicioso a algún habitante o por los sucesivos cambios que sufrió la distribución interna de la casa, el mencionado reloj fue a parar a un rincón adyacente a la cocina, en donde paulatinamente se fue deteriorando hasta perder la actividad de sus dos cuerdas buenas y, finalmente, la piel de madera, víctima de todas las polillas del mundo.

Recientemente, en una de mis sesiones cíclicas de limpieza hogareña, lo tuve en mis manos, listo para meter sus restos en una caja de cartón y ésta en una bolsa de grueso plástico negro, rumbo a la basura... ¡pero no! En mi interior resonó algo así como un “¿y no será posible repararlo por propia mano?” (dado que los relojeros mecánicos prácticamente ya no existen).

Por falta de instrucción y de herramientas, el gabinete de madera lo encomendé a un carpintero. El maestro de artes liberales cumplió satisfactoriamente la misión de clonar el apolillado receptáculo. Sin embargo, mientras no lograra yo reparar el mecanismo, aquella inversión corría el riesgo de convertirse en despilfarro.

Manos a la obra, comencé por hacer lo que de niño con mis juguetes: desarmarlo. En ello estuve a punto de sufrir varias lesiones, al liberar de forma inadecuada la tensión de las cuerdas y al desarmar los cilindros en donde estas se alojan. Luego de cuidadosa limpieza y lubricación, vino el proceso contrario y difícil: armarlo y dejarlo en funcionamiento. Siendo imposible conseguir nuevas cuerdas, la única solución fue reparar las existentes, rotas en uno o dos trozos, a fin de dejarlas operativas. En dos casos, logré resolver el problema con cierta dosis de fortuna, debido a que la rotura estaba en un extremo corto, no así en la tercera, a la que hube de insertar remaches de aluminio. A punto estuve de darme por vencido debido a la extrema dificultad de taladrar en acero inoxidable, cosa que finalmente logré siguiendo los consejos técnicos de mi amigo Jeff: calentar a fuego lento el material antes de aplicar la broca de cobalto (previa rotura de otras tantas).

Ahora, el reloj restaurado luce orondo y orgulloso en la sala de la casa. Cada quince minutos da señales de vida y –ciertamente, ¿para qué negarlo?‑ cada quince minutos refuerza un poco cierta vanidad personal, forjada en episodios similares en los que, por el arte de ser necio, finalmente pude lograr mi propósito.