jueves, 7 de diciembre de 2006

Césped capilar

Supongo que toda persona reflexionará en algún momento de su vida sobre la caída capilar o el cese de su crecimiento. Sin que me interese referirme a la millonaria industria que da tratamiento y remedio, efectivo o no, a este así llamado “problema”; tampoco analizaré los presuntos efectos estéticos, psicológicos, románticos o de cualquier otra índole (superficiales, en todo caso, puesto que “lo esencial es invisible a los ojos”, priva el espíritu sobre la carne, la verdadera belleza es interior, etc.).

Por otra parte, en estos días de menos trabajo profesional, estoy batallando con un sector del jardín trasero de la casa, donde en las últimas semanas el césped ha venido a menos, cual si imitase al cabello de la parte superior de mi cabeza. Supongo que la causa ha de ser multifactorial: poca retención de la humedad, tierra muy endurecida y sol escaso. Las replantaciones, hasta el momento, no han tenido el éxito deseado y me apresto a probar con tierra importada del vivero, previa excavación breve, sin darle tregua con el agua y, en caso de desesperación, podar los árboles circunvecinos (o redirigir la luz con espejos).

Si el comportamiento de este mi cabello en desbandada pudiera compararse con tal raquítico césped, el fracaso estaría anunciado, dado que el contacto de mi cuero cabelludo con el sol es bastante normal y por allí arriba la sequedad no es tanta. Por otra parte, aunque hay quienes lo ofrecen, el transplante de contados pelillos, emulando el trabajo de jardinería, ni me convence ni está en cualquier presupuesto sensato.

Así pues, mi actitud será doble y complementaria: me empeñaré en tener algo de éxito con la grama, al igual que procuraré mantener el coco parejo, es decir, auto-aplicándome periódicamente la rasuradora eléctrica en su máxima capacidad de corte.