domingo, 23 de septiembre de 2007

Convers(ac)iones

A propósito de dos eventos sencillos, cotidianos y ciertamente comunes en nuestro entorno, el tema de las dudas y creencias religiosas ha vuelto a ocupar un espacio importante en recientes conversaciones con un amigo (que lo es, tanto en algunos aspectos intelectuales como en otros banales).

Entiendo que sus debates trascendentes ya estaban en el fondo de sí desde hace varios años, a veces ocultos aunque no del todo resueltos, en esa zona que solemos llamar “corazón” (que lo tiene, y muy grande), alma, espíritu, psique, “inteligencia sentiente” o cualesquiera otras definiciones que indiquen la base en donde asientan nuestras meditaciones fundamentales.

Dos personas de género femenino han sido los factores desencadenantes para que sus antiguas incertidumbres espirituales emerjan en demanda de una respuesta o, al menos, una tendencia: una jovencita por quien él siente un gran cariño, desde un plano que se acerca bastante a la paternidad adoptiva, y una joven mujer que por el momento es sólo una posibilidad escurridiza como una anguila, pero que si el cultivo, el cuido y las circunstancias necesarias fueran favorables, podría llegar a ser una historia de ese concepto tan inasible y complicado al que llamamos “amor”. En el primer caso, la adolescente quiere que él acepte una responsabilidad formal importante en su vida, como es la del padrinazgo; en el segundo, él teme que el fuerte componente religioso de la chica en quien se ha fijado, contrapuesto con sus propias (y por él así consideradas) limitaciones en este aspecto, sean una dificultad importante en sus posibilidades de hacer pareja.

A mi estimado amigo se le vienen como avalancha, pues, algunas decisiones cruciales, que implican para él al menos dos ejercicios de valor: el primero, decidirse a evolucionar realmente su dimensión afectiva, en contra del estereotipo más pernicioso que coarta la integridad de nuestros varones; el segundo, participar de algunos rituales religiosos, con una visión que halle un difícil pero posible equilibrio entre las convicciones propias, las creencias ajenas y la enormes posibilidades que muestra y esconde un universo del cual apenas somos una casi invisible fracción.

Desde mi asiento de espectador, tengo la razonable esperanza de que estas tribulaciones desembocarán en actos de plenitud para él y ese par de seres queridos. Así pues, desde aquí, desde estas líneas, no me resta más que animarlo fervientemente, en los términos que mejor sinteticen mis buenos augurios: ¡avanza, miserable, que en este titánico esfuerzo acaso esté tu salvación!