jueves, 21 de enero de 2010

Que sí, mas no.

Que yo sé de los trabajos que pasan los cantantes operáticos de uno y otro género para alcanzar el temple y la excelencia, sí. Que estoy consciente de los años de estudio, práctica, formación y empeño que este arte requiere, sí. Que la tradición acumulada en cuanto a compositores, orquestas, divos y divas del bel canto es del todo respetable y constituye además un bien cultural que es patrimonio de la humanidad, sí. Pero que escuchar a Domingo o Pavarotti por más de dos minutos me da la sensación de un tipo que está pegando afinadísimos gritos en un descampado, o que las partes pseudo-habladas de una ópera son para casa de locos, sí, también.

No descarto que haya excepciones en piezas excepcionales, como la dulce voz de mezzo-soprano en el aria "Qué es el amor" de "Las bodas de Fígaro", de Mozart; y también acepto que hay timbres mucho más potables (como el de Bocelli o Carreras), o en un complejo balance entre lo clásico y lo popular a manera de no perder la identidad (como Sarah Brightman, Nana Mouskouri o Josh Groban). Pero eso sí: que no me vengan con que el estilo operático es per se la máxima forma del canto a la que todos debemos aspirar, pues todos los géneros tienen sus más y sus menos y, a fin de cuentas... ¡yo reivindico mi derecho al gusto musical!