domingo, 10 de enero de 2016

Ese gol del Mandingo Rivas

José María "Mandingo" Rivas. © Foto de LPG.


El 10 de marzo de 1985 en el Estadio Cuscatlán, las selecciones nacionales de El Salvador y Honduras jugaron un partido clasificatorio para el mundial de fútbol México 86.

Yo asistí a ese encuentro.

En el ambiente previo, recuerdo que la prensa deportiva y la afición en general tenían enorme (y, ciertamente, desmesurada) esperanza en los únicos tres futbolistas así llamados “legionarios” con quienes entonces contábamos: Chelona Rodríguez, quien jugaba en Finlandia; Pájaro Huezo, que estaba en la segunda división española con el Cartagena; y Mágico González, estrella del Cádiz.

Con esos tres ases, todos dábamos por hecho que le ganábamos a Honduras, soslayando que los vecinos catrachos tenían a sus propias estrellas, como Macho Figueroa y Gilberto Yearwood, entre otros.

El caso es que ese domingo, a eso de las diez de la mañana, me decidí a emprender el viaje al estadio. Llegué cuando estaban a punto de cerrar la puerta de acceso al sector de sombra sur y me dispuse a esperar las casi cinco horas que faltaban para iniciar el partido.

Allí dentro, conocí el concepto de hacinamiento y lo que sienten las sardinas enlatadas.

Según Edessa (dueños del Coloso de Monserrat), al estadio le caben como 53,000 espectadores; sin embargo, otras fuentes han recalculado el cupo en unos 45,000 espacios y actualmente, ya con las medidas de seguridad de FIFA luego de varias tragedias mundiales en estadios excedidos en su capacidad, su aforo real es de 34,000.

Pero ese 10 de marzo de 1985 habíamos allí no menos de 60,000 aficionados, sin contar los palcos.

En el sitio donde yo estaba, había apretada doble fila en todos los graderíos, de tal manera que resultaba completamente imposible movilizarse una vez tomado el puesto correspondiente. Algunos que, por urgencias de toda índole, tenían que alcanzar los pasillos de salida, eran enviados hacia abajo cual bultos por encima de la multitud, cuyas manos masivas los transportaban de cualquier manera hasta su destino. Y las deposiciones de aguas menores… bueno, ya sabemos cómo se manejan esas cosas.

A eso de la una de la tarde, ya bastante asoleados, retumbó por todo el estadio un fuerte sismo, que agitó visiblemente el techo de la zona donde me encontraba, un susto no del todo soslayable.

Un poco después de las dos de la tarde, el equipo hondureño salió a reconocer el terreno de juego. Todos los abucheamos, pero ellos no parecieron darse por enterados, tan tranquilos que se veían.

Cuando, minutos antes de las 3:00 p.m., saltó al engramillado nuestra Selecta, dejamos atrás el entumecimiento ya sensible de todos los miembros del cuerpo, y comenzó la algarabía.

No duró mucho el entusiasmo.

No habían pasado ni dos minutos de partido, cuando nos cayó un gol inverosímil: centro desde la derecha que cabeceó de espalda Jimmy James Bailey, el balón describió una parábola perfecta por sobre el arquero Halcón Munguía y se incrustó rozando el poste izquierdo de la portería norte.

Desde la lejanía de sombra sur, no dábamos crédito a lo que creímos ver. Las radios portátiles gritaban “¡goool de Honduras!” y en el estadio se impuso un silencio sepulcral. Pero seguimos animando y aplaudiendo, porque creíamos en la remontada, la cual no llegó en todo el primer tiempo.

Inició el segundo tiempo con el mismo son: sin oportunidades para los nuestros. Del Mágico y compañía, ni noticias, mientras angustia y desesperación crecían por la derrota que se comenzaba a dibujar.

Pero hacia el minuto 62, un pique de velocidad del Mágico jaló marcas y dejó al Mandingo Rivas a la entrada del área con balón dominado, quien luego un regate tiró a marco, venciendo a Arzú y provocando el delirio de la multitud.

Fue allí cuando viví (más que comprendí) el concepto de masa: allí donde se pierden las individualidades y uno se abraza con el primero que tiene a la par, dando saltos de alocada alegría sin considerar humores y sudores, gritando a pulmón desbocado toda la tensión reprimida y acumulada durante las horas anteriores, fundiéndose con los seres aledaños en eso amorfo de lo que todos estamos hechos.

En mi vida, ha sido el gol más intenso que jamás viví.

Por supuesto, el partido lo perdimos con una anotación de Laing al minuto 82, derechazo al ángulo que dejó sin chance a Munguía. Pero esa es otra y la misma historia de siempre.

En el recuerdo, me quedo con ese gol del Mandigo Rivas.


Posdata: pasen por alto la horrible narración de Mauricio Saade Torres.