viernes, 6 de abril de 2007

¿Un estandarte hecho en casa?

Los procesos históricos, además de vivencias y reflexiones, suelen dejar ciertos legados artísticos que, luego de algunos años, podemos analizar con base en sus merecimientos y virtudes estéticas, más allá de su valor coyuntural o simbólico. Este esfuerzo es legítimo a pesar de quienes aún conservan antiguos esquemas mentales, desde los cuales todo cuestionamiento al respecto les parece sospechoso, cuando no herético.

Examinando el legado de la lucha armada revolucionaria que tuvo lugar en El Salvador en los años ochenta, en cuanto a música se refiere, no creo equivocarme si menciono cuatro canciones estandartes de aquella gesta finalizada hace década y media:

- "El sombrero azul", del venezolano Alí Primera, seguramente la más popular aunque no la más elaborada, cuyo estribillo "dale, salvadoreño" aún suena en las concentraciones de izquierda.

- "El corrido de Farabundo Martí", del argentino-costarricense Adrián Goizueta ("dicen que dicen que vieron pasar..."), una canción muy didáctica e ilustrativa sobre la vida del personaje.

- "El Salvador en la víspera de su alborada", de los nicaragüenses Carlos y Luis Mejía Godoy, canción combativa que recuerda a los líderes fallecidos de la izquierda, asociándolos con potentes volcanes ("el volcán Farabundo en la vanguardia, el José Feliciano en erupción...").

- "El tiempo está a favor de los pequeños", del cubano Silvio Rodríguez, la pieza de mejor factura musical y poética y, quizá por ello, de las cuatro acaso sea la menos repetida por las masas.

Las piezas que forman este destacado cuarteto histórico son producto de la solidaridad internacional con la causa revolucionaria, es decir, ninguna provino de la inspiración de músicos salvadoreños. Aunque sí hubo cantautores y grupos que estuvieron ligados al movimiento rebelde, hicieron sus canciones y pudieron desplegar su actividad artística en distintos escenarios dentro y fuera del país, no hay en el cancionero de la izquierda una pieza hecha en casa que se reconozca como potente y perdurable, en el nivel de las ya mencionadas.

Apartándonos de los artilugios verbales del "ciudadano universal" y el internacionalismo emancipador ("yo no inventé las fronteras", "no me siento extranjero en ningún lugar" o que los pueblos latinoamericanos son una sola y la misma cosa), cabe entonces preguntarse: ¿qué pasó?

Con alguna tristeza, mi hipótesis apunta a nuestra débil tradición creativa musical y la dificultad para romper ese círculo vicioso (sin maestros, no hay discípulos; luego, no habrá maestros).

En efecto, en El Salvador no hemos tenido compositores cuyas piezas hayan alcanzado un nivel de resonancia tal que venzan las fronteras espacio-temporales, sea en este o en cualquier otro género. Obviamente, buenas y bonitas canciones siempre las ha habido, pero no han pasado de los pequeños círculos en que usualmente nos consumimos y han acabado diluyéndose sin calar hondo en la memoria nacional.

Este no es un fenómeno privativo de la música de protesta local. Yendo un poco más allá del género específico, traigo a cuenta un hecho notable como argumento para reforzar lo dicho: en las casi veinte participaciones en el otrora prestigioso Festival OTI de la canción iberoamericana, donde surgieron canciones de muy diversa inspiración (incluso algunas de compromiso como "Canta Cigarra" y "Quincho barrilete"), El Salvador es uno de los cuatro países latinoamericanos que nunca colocó una canción entre los tres primeros lugares (y, más allá de las especulaciones, nunca sabremos qué tan cerca estuvimos con "Pensalo dos veces, Martín", del chele "salvaruguayo" Rucks, cantada por Jaime Turish en 1986).

Siempre en esta línea de pensamiento, pero yendo al plano más popular, es revelador fijarse que las dos canciones más emblemáticas de los salvadoreños (especialmente cuando están en el exterior)... ¡tampoco son originales!: "La bala", popularizada por la Orquesta de los Hermanos Flores; y el cántico con letra siempre cambiante que acompaña las ilusiones y fracasos de nuestra selección nacional de fútbol, el "Pájaro picón".

Volviendo al ámbito combativo, notemos que incluso las organizaciones que abanderaron esa lucha y luego se convirtieron en un partido político tampoco tuvieron una reconocida tonada aglutinadora original (recordemos que el "Himno de la unidad popular", más conocido por su coro en voces de manifestación, "el pueblo unido jamás será vencido", proviene del socialismo chileno de principios de los setentas).

Obviamente ahora, pasados ya aquellos años sangrientos, no tiene sentido ponerse a hacer himnos y emblemas "a posteriori"; pero sí es válido reflexionar sobre el tema, de cara a la trascendencia que nuestra obra creativa pueda tener en el ámbito de las cuerdas y las palabras, de aquí hacia el futuro.