domingo, 8 de abril de 2007

En bicicleta

Por razones que la psicología seguramente sabrá explicar, hay recuerdos imborrables y recurrentes anclados en ciertas etapas de nuestras vidas. Los míos casi siempre vuelven a los primeros años de la década de los ochenta, yo adolescente, cuando deambulaba en bicicleta por las calles de la antigua Santa Tecla.

Era aquella una ciudad rectilínea con apenas dos colonias fuera del casco urbano: Las Delicias y la Quezalte'. El único tráfico vehicular de cierto volumen transcurría sobre la vía panamericana repartida entre las dos calles principales, la 2ª y la 4ª oriente-poniente, aunque sobre la 3ª y la 6ª también había que echar un buen ojo, por los camiones y vehículos pesados que tenían allí su desvío obligatorio. En las demás calles, la casi cotidiana ronda ciclística transcurría sin sobresaltos, con la tranquilidad de quien no tiene prisa ni teme por atropellamientos.

Eso sí, en aquella época las "bicis" requerían placa y licencia de tránsito, lo cual te libraba del único peligro real de perderla en el camino: el decomiso por parte de la policía; si bien, la mayoría de chicos menores de doce años tomaban este riesgo como parte del paisaje.

¿Que estábamos en guerra? Sí, pero Santa Tecla fue una de las pocas ciudades sin enfrentamientos, con la sola excepción de una refriega entre una célula clandestina y un batallón gubernamental, creo que por el '74 o '75. Extraña y afortunadamente, por aquí tampoco fueron muy comunes los reclutamientos obligatorios, aunque el temor siempre estaba latente.

¿Donde cuántos amigos llegué sobre aquel par de ruedas? ¿Cuántas introspecciones realicé mientras pedaleaba? ¿Cuántas visitas románticas infructuosas hice? ¿Cuántos pequeños y distraídos accidentes me sacaron del ensimismamiento en el que andaba? ¿Cuántas veces tuve que regresar a casa a pie (y bajo la lluvia), haciendo yo las veces de sostén para aquella querida compañera metálica con su llanta ponchada?

Hoy, cuando ya sólo queda el placer de aquel recuerdo y la ciudad se ha transformado de tal manera que es imposible asociar tranquilidad y paseo, vuelvo la vista con la equilibrada nostalgia de quien, sin pretensiones de regresar en el tiempo, sonríe ante la estampa de un pasado muy querido.