domingo, 14 de octubre de 2007

Perder por tiempo

El reloj de ajedrez es un mecanismo diseñado para regular el tiempo del que cada jugador dispone para realizar sus movimientos y así evitar que alguien, por ejemplo, pudiera tomarse todo un día para pensar y efectuar su próxima jugada, queriendo con ello quizá hallar la solución perfecta o provocar tal aburrimiento en el rival como para desesperarlo, inducirlo al error o provocar el abandono de la partida.

Aunque actualmente los relojes de ajedrez digitales tienden a sustituir por completo a los antiguos relojes mecánicos, ambos aparatos cumplen la misma función, si bien con ligeras variantes de aplicación en los distintos formatos de competencia. Salvo que su oponente no tenga material suficiente para dar cualquier mate posible a su rival, un jugador a quien se le termina su tiempo disponible pierde la partida. Por esa inexorable regla, el reloj de ajedrez obliga a tomar decisiones, cosa esencial en el juego y, sobre todo, en la vida misma: de ahí que la práctica avanzada del ajedrez sea una valiosa herramienta para formar el carácter.

A través de los años, el uso del reloj de ajedrez por parte de mis alumnos y alumnas me ha revelado una parte clave de sus respectivas personalidades. También he visto situaciones de personas que, aun cuando nunca practicaron el ajedrez, sus comportamientos bien podrían analogarse con situaciones relativas al mundo de los escaques.

Una de los casos más llamativos es el de quienes reiteradamente "pierden por tiempo", personas a quienes una y otra vez les cuesta lo indecible decidirse entre esta o aquella línea de juego hasta que, finalmente, el reloj acredita la consumición de sus minutos y, consecuentemente, la derrota. Mi percepción es que son personas un poco más inseguras que el resto, no proclives a asumir el mínimo riesgo y que se aferran al análisis exhaustivo como vía segura para evitar una caída. Debo señalar que muchas veces tal estrategia funciona, frente a las locuras y alucinaciones de un rival excesivamente impulsivo y seguramente menor. Sin embargo, cuando la lucha es pareja o incluso en desventaja, ocurre que ante una propuesta agresiva, complicada y ciertamente delicada no son capaces de dar una respuesta en el tiempo prudencial, sino que prácticamente se paralizan.

No se trata, como pudiera pensarse, de que no tengan la menor idea de cómo responder a la jugada del rival; por el contrario, visualizan dos o tres opciones, todas ellas con sus respectivos riesgos y ninguna con la plena seguridad que quisieran, y no acaban de elegir ni la una ni la otra, o bien la premura de tiempo en la tardía variante que finalmente ejecutan es la causa de la pérdida. En el análisis posterior a la partida, son capaces de explicar de modo bastante claro las desventajas reales o imaginadas de esta o aquella jugada, justificando en ello el porqué de su no elección. Incluso esgrimen argumentos relacionados con la posible censura del movimiento, por parte de su entrenador u otras personas de las que espera su aprobación.

Lo curioso es que, de modo implícito o tácito, razonan como si "perder por tiempo" fuera menos malo que perder por mate o rendirse en una posición insostenible, aunque a fin de cuentas el resultado se anote exactamente de la misma manera. ¡Cuántas veces el temor a decidir nos hace caer en la ilusión de que hallaremos en la parálisis un refugio para no asumir responsabilidades!