lunes, 15 de octubre de 2007

Una película de miedo

La semana pasada vimos la película "El descenso" con el grupo de adolescentes que tengo a mi cargo en la materia de lenguaje. Originalmente, tocaba ver un filme relacionado con temas históricos, conforme al programa, pero viendo su estado de ánimo y considerando además que ya antes habían visto "Romero" (de 1989, la única película sobre temas salvadoreños que merece verse), decidimos dedicar ese espacio para una película recreativa.

En mi análisis previo únicamente cupieron tres posibilidades genéricas: comedia, acción o miedo. Descarté la primera opción porque la mayoría de cintas son muy conocidas y el efecto se pierde a la segunda vez que uno las mira. En cuanto a la segunda posibilidad, el mercado está inundado, la mayoría de corte y sello norteamericano, y no creí digno dedicar mis horas de clase para hacerles eco. Me quedé, pues, con la tercera posibilidad: una buena película de miedo que no fuera muy conocida por ellos. La elegida estuvo poco tiempo en cartelera hace un par de años y, aunque la han dado recientemente en varios canales de televisión por cable, tampoco es de las más comunes o de referencia obligada entre la cultura juvenil.

La trama es bastante sencilla: un grupo de amigas en busca de adrenalina, emociones fuertes a través de pasatiempos extremos, como lanzarse en una balsa a través de los rápidos de un río, saltar de rascacielos dependiendo sólo de una cuerda teóricamente resistente o, como es el caso, una especie de alpinismo subterráneo, es decir, la exploración de cavernas. Desde el planteamiento inicial ya se ve que en esta aventura algo saldrá mal e irá aún a peor. Además de los recursos normales en este tipo de obras (golpes orquestales y efectos sonoros repentinos, apariciones sorpresivas, etc.), que manipulan hábilmente el temor básico del ser humano ante los ruidos fuertes y la oscuridad, se añade la sensación de claustrofobia, dando como resultado una tensión agobiante que es, paradójicamente, la gracia y el gusto de la película. Excepto una pequeña pesadilla al final, no hay aquí ningún elemento sobrenatural ni diabólico, aunque sí criaturas hipotéticas que, en la lógica de la evolución, podrían existir.

La exhibición fue un éxito rotundo... en todo sentido. Me explico: chicos y chicas realmente sintieron miedo, terror verdadero, en carne propia y hasta la médula de los huesos, como para que se les erizaran hasta los vellos de debajo de las orejas y sintieran las palpitaciones de su joven corazón irrigando de adrenalina hasta el último rincón de su cuerpo en desarrollo. Las evidencias principales no fueron sólo los gritos colectivos propios de un paseo por la "casa del horror" (pues estos son bastante comunes e incluso esperados, sin descontar los de algunos que los exageran, como parte de la guasonería que impera en el colectivo ante escenas así). Fue cuando salieron de la sala que noté aún la excitación y nerviosismo en el tono de sus rostros y la naturaleza de sus comentarios, aunque la reacción unánime fue un estruendoso aplauso cuando comenzaron a pasar los créditos aún en la oscuridad.

Sin embargo, una ligera duda me inquietó en las horas posteriores a este notable suceso: ¿no habrá sido... demasiado? Me justifico en un honesto "no" y explico mis argumentos.

La única clasificación verificable a través de internet en países latinoamericanos es la de Argentina y Brasil, donde la ubican como apta para dieciséis años (no tengo registros de para qué edad fue clasificada en nuestro país, aunque conociendo los criterios que manejan los encargados de estos asuntos, y dado el casi nulo contenido sexual de la película en cuestión, supongo que andaría por los quince años, menores acompañados de un adulto). Estos jovencitos y jovencitas ya han visto, en el cine y en su casa, películas como "El aro", que asusta mucho, y "Destino final", que salpica bastante sangre y vísceras. Es posible incluso que hayan brincado de sus asientos con el hábil tejido de "Los otros". También conocían, por literatura y también en película, a los morlock, esa horrible especie subterránea y antropofágica que ideó H.G. Wells en "La máquina del tiempo". En suma: suponerlos aptos y resistentes no es descabellado.

Pese a lo anterior, quizá lo pensaría un par de veces más si me tocara decidirlo de nuevo. De momento, confío en que los temores subsecuentes, si los hubiere, serán ahuyentados a partir de la razón y, como debe ser, con la asistencia paternal y maternal (con lo cual esta experiencia habrá contribuido a la unidad familiar). A la fecha, no tengo noticia de secuelas graves (como hospitalizaciones por problemas nerviosos) y, desde el fondo de mí, espero que estas posibilidades sólo sean temores irracionales e infundados, producto del masivo momento.

Pero, en resumen y al final de cuentas... ¡qué va! Después de todo, ¿no tendría la vida algo menos de sabor si de vez en cuando el recuerdo del miedo que sentimos ante una de estas películas no asomara en nuestra memoria, rodeados de la oscuridad de la noche perenne?