miércoles, 23 de julio de 2008

Litigio forestal

Todo accidente tiene una explicación más o menos lógica y una parte medianamente absurda: he ahí su paradoja esencial. Entre una y otra, uno de los dos conductores autorizados, vigentes y debidamente licenciados que hay en mi casa (que no es quien aquí escribe) rompió el vidrio trasero del vehículo en el que, de retroceso, procedía a estacionarse en el parqueo de un conocido centro comercial.

Cuenta que desde todos los retrovisores y aun torciendo la nuca se veía un potente y erguido tronco vegetal, pero desde el particular ángulo en que se encontraba el susodicho no era evidente la inclinación progresiva que el vivo trozo de madera tenía hacia el vehículo en lento pero constante movimiento: de ahí el resultado (¡crash!).

Como la compañía aseguradora cubre daños propios, los añicos a que fue reducido el mencionado cristal no se transformarán en un severo golpe monetario al bolsillo de este escribiente, aunque sí en un toque de atención hacia el responsable (¡hay que mirar bien el entorno antes de tales maniobras!); sin embargo, en el transcurso del papeleo correspondiente no he descartado del todo dos señalamientos imperativos y complementarios:

a) por haber suprimido de los programas de estudio la materia de Estética, donde se estudiaba el efecto de escorzo, la perspectiva y la contracción proyectiva en pintores de finales de la Edad Media y el Pre-renacimiento... ¡reclamar airadamente a quienes diseñaron el actual currículo educativo nacional!

b) por crecer en un sitio tan impertinente, rodeado de miles de metros cuadrados de asfalto, y aún así expandir sus pesadas ramas con inclinaciones invisibles a los ojos de un conductor en reversa: ¡demandar al árbol!