lunes, 22 de diciembre de 2014

Negligencia criminal a 120 km/h

El domingo 21 de diciembre al final de la tarde, en una competencia de cuarto de milla dentro de la calle principal de la ciudad de Santa Tecla, se produjo un accidente que cobró la vida de dos personas y lesionó gravemente a otras cuatro.

Pero llamarlo "accidente” es una falacia, pues en realidad no fue tal cosa, sino pura y llana negligencia criminal que en cualquier país civilizado merecería por lo menos responsabilidad civil y penal para los organizadores del evento, un grupo llamado Drag Tecleño (aunque en un primer momento también se mencionó a la revista Todomotor, pero ellos alegan que solo daban cobertura periodística) y además a las autoridades competentes, concretamente la Alcaldía Municipal de la localidad y la División de Tránsito de la Policía Nacional Civil.

El común de las gentes cree que los accidentes son fortuitos y se refieren a ellos en términos de “desgracia”, “mala suerte” o incluso “cosas de Dios”, cuando en realidad obedecen a causas totalmente terrenales que en la mayoría de casos se pueden prevenir. La negligencia criminal ocurre precisamente cuando ciertas personas no actuaron de una manera “razonable y prudente” para evitar el peligro.

Hay por lo menos cinco factores causales de estas muertes, analicémoslo brevemente.

1. La ubicación del público

A la gente se le convocó para escuchar el rugir de los motores y sentir la adrenalina. No había valla de seguridad ni tampoco una distancia prudencial con la pista. Algunas personas bajaban a la calle para asomarse y ver venir a los carros, se subían a la acera al pasar estos y luego volvían a la calle para verlos alejarse.

El solo hecho de efectuar la competencia en estas condiciones es de por sí un atentado contra la seguridad ciudadana, pero esto fue avalado por las autoridades “competentes”, a ciencia y paciencia de los agentes policiales.

2. Los vehículos participantes

La mayoría de estos vehículos son modificados en cualquier taller a solicitud de su propietario, para permitirles alcanzar mayor velocidad. Tienen placas particulares, no son profesionales ni están debidamente supervisados. Les arreglan el motor para darles mayor potencia y les quitan partes de la carrocería para aligerar su peso.

Se olvidan así de la avanzada ingeniería que hay detrás de la fabricación de todo vehículo, en donde se consideran escrupulosamente las relaciones estructurales entre su peso, superficie de contacto, cilindrada, tipo de llantas, mecanismo de frenado, dirección, etc.

Modificarlo al tanteo o a lo loco, como es lo usual aquí, aumenta significativamente el riesgo de accidentes.

3. Los pilotos

Dudo que estos pilotos hayan recibido una capacitación adecuada y sistemática. Se trata de aficionados, espontáneos amantes de la velocidad que creen divertido hundir el pie en el acelerador en cualquier carretera. Tampoco son profesionales, no vengan con ese cuento. ¿Qué piloto realmente profesional correría en una pista improvisada en medio de una multitud expuesta?

Se dirá que ellos mismos se ponen en riesgo por propia voluntad y están en su derecho, pero una cosa es hacer malabares con botellas de nitroglicerina en un descampado y otra hacerlo en medio de una multitud curiosa a la que has convocado para tal fin.

4. La pista

La competencia se desarrolló sobre la 2ª calle poniente, es decir, la Carretera Panamericana que lleva al occidente del país. Es una calle citadina para uso cotidiano -civil, no deportivo- recién reparada por el Fovial con concreto hidráulico, la cual tiene habilitados tres carriles bien señalizados que incluyen series de lámparas LED de recarga solar de casi dos centímetros de altura (conocidas como vialetas), que uno siente como pequeños bultos al manejar sobre ellas y supongo que algún efecto desestabilizador deben tener sobre un vehículo de peso aligerado que como un bólido pasa sobre ellas.

Para crear mayor distancia entre los dos coches competidores, uno o ambos corrían sobre la línea que divide los carriles, rompiendo el esquema habitual e internalizado por cualquier conductor, de mantenerse dentro del carril. Añadamos a lo anterior que a esa hora el sol poniente pega en la cara de los pilotos.

Obviamente, no hay vallas de contención.

5. Los antecedentes históricos

En esta misma ciudad y a finales de la década de los setenta, el Chaleco organizaba un rally en lo que hoy es la calle Chiltiupán, de la colonia Santa Mónica. Los competidores iban a toda velocidad de estación en estación, siendo el copiloto el encargado de sortear diversas pruebas (como aplastar con el trasero globos de agua, tomarse una Coca-cola heladísima tan rápido como fuera posible, etc.).

Yo fui testigo de la última edición, que se suspendió luego de que un participante -cuyo pick-up llevaba el nombre de “Burro”- se pasó una estación y, al advertirlo, frenó en seco y retrocedió frenéticamente, perdiendo el control y atropellando a un grupo de espectadores.

Dirá alguien que el episodio está muy lejano como para que los organizadores lo tuvieran en cuenta, si es que no les alcanzaba el sentido común, pero hace un par de meses tres niños murieron en la pista “Singüil”, de Santa Ana, en un evento similar.

No sé si los irresponsables que causaron este dolor serán demandados ni procesados. En todo caso, dudo que lleguen más allá de ofrecerles cinco mil dólares -como mucho- a las familias de los muertos como compensación y conciliación. Tampoco creo que haya destituciones de los funcionarios públicos que autorizaron este macabro evento en pleno centro de la ciudad, mucho menos que cierto candidato a alcalde se retire luego de que invitó al evento a la población, a través de sus redes sociales, y tras lo ocurrido borró dichas publicaciones.

Lo que me pregunto con tristeza es cuántos muertos más tendrá que haber hasta que la sensatez prive más que la tonta y criminal pleitesía a la velocidad desbocada en medio de una multitud.

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Posdata: el periodista Fernando Romero nos deja ver esta carta donde el Viceministerio de Transporte había negado autorización para el evento en el Bulevar "Monseñor Romero", por no reunir condiciones de seguridad.