lunes, 23 de marzo de 2009

Una por Sally

Hay aquí cerca una institución de educación superior creada y dirigida por el poder económico. Al margen de las connotaciones, en ella estudian, por una parte, quienes gozan de bastante holgura presupuestaria y consideran su destino natural ese alto mundo empresarial y, por otra, quienes están dispuestos a hipotecar su futuro inmediato con tal de ascender hasta dicha élite mediante su desempeño académico y, sobre todo, las relaciones sociales que durante su formación se establecen.

En dicha institución estudiaba Sally (nombre ficticio, persona real). El tiempo pasado en la conjugación del verbo obedece a que ella cometió dos terribles crímenes:

a) No leer el reglamento interno de la institución
b) Creer que toda la gente juzga y castiga con criterios racionales.

En dicha institución, como en otras de similar seriedad académica, la “ayuda ilícita en evaluaciones sumativas” está tipificada como una falta muy grave (para que nos entendamos: dar o recibir copia en los exámenes). Sally fue sorprendida en una de esas y toda persona sensata podría pensar en que la anulación o pérdida de la nota en cuestión (y, yendo a lo muy estricto, una amonestación disciplinaria) hubiera servido de escarmiento.

Sin embargo, el perfil de perfección moral que dicha institución dice tener en visionaria perspectiva, así como lo intachable que debe ser quien aspira entrar al impoluto mundo del empresariado local, dictaminaron que Sally debía ser expulsada de la institución. Sí, amigo lector: expulsada de inmediato, ya, ahora mismo.

En términos sencillos: copias en un examen y estás en la calle. Punto.

¡Ah, pero seamos justos, no privemos al público del final feliz de esta historia! En efecto: las cosas no quedaron así de intransigentes, pues luego de las apelaciones de rigor (padre, tutor y abogado incluido), las severas autoridades se han compadecido de Sally y la recibirán con los brazos abiertos... ¡el próximo año! Y para que no se les acuse de mercantilistas, han tenido la generosidad suficiente de perdonarle, cuando reingrese, la matrícula y colegiatura que ya había pagado hasta el día de su terrible falta.

En términos sencillos: copias en un examen, estás en la calle, te perdonan la vida pero se cobran de ti lo que no tiene precio, esto es, un año enterito de tu tiempo.

Y tú, Sally, ¿no crees que ya has tenido suficiente de ellos? Yo creo que, como dice la gente, “de perdida, puedes tenerla ganada”, por lo que mi consejo es este: recomienza tu carrera en junio en otra universidad, una más real y menos platónica, donde estés con otros seres humanos que, pese a sus yerros, quieran irse perfeccionando en el camino.