domingo, 7 de marzo de 2010

Aversiones culturales

En este momento, por Televisión Cultural Canal 10 ya no se transmite ninguno de los tres programas dedicados a la cultura (en sentido artístico) que solían producirse en tiempos recientes. De “Universo crítico” y “PlaticArte”, remito al lector a lo que publicó un amigo poeta en su oportunidad, no sin su respectiva dosis de justificada causticidad; en cambio, sí mencionaré algo con respecto al retiro de Álvaro Darío Lara, hasta hace poco a cargo de “Debate cultural”.

En este asunto nos encontramos nuevamente ante dos versiones: la primera, enviada por correo electrónico por el propio implicado y posteriormente difundida en varios medios impresos y virtuales; la segunda, un comunicado institucional que, por supuesto, niega lo expuesto por el ex conductor, aunque acepta que sí hubo contradicciones entre él y la dirección del canal.

Una cola interesante la recibí como reenvío de un colega escritor, bajo el título de El camaleón-camaján o la extraña historia de la evolución ideológica del “compañero Lara”, firmada por alguien llamado Pedro Fausto Fernández (de quien no tengo más referencia ni hallazgos en la web que el mencionado correo electrónico), en donde arremete contra el implicado; en primer lugar, citando algunos de sus comentarios y críticas publicados con anterioridad, a partir de los cuales, aunque el planteamiento de fondo fuera sostenible, no podía esperar granjearse la simpatía del gremio artístico local; y, en segundo término, poniendo en duda la autenticidad de su presunta mutación ideológica, que -según se colige de lo dicho por el propio Lara- estaría en la base de su divorcio con el canal.

No tomaré partido en este enredo, primero porque no tengo más información que la de las partes, que siempre responden a sus intereses y por ello pueden deformar la realidad, y segundo porque no me interesa ni hay forma de quedar bien con ninguno de los partícipes.

Lo que sí me parece claro es que eso que damos en llamar “medio cultural” se va pareciendo cada vez más a una inarmónica sinfonía de tarascadas in crescendo, de donde lo más saludable para la mente (y no descartemos que también para el cuerpo) acaso sea mantenerse a muy prudente distancia.