sábado, 20 de marzo de 2010

Tardía respuesta

Si hubiera genios de lámparas maravillosas (pero no malignos y traicioneros, como en aquellos chistes léperos) y tuviera que pedir el deseo de volver a la juventud, sería obviamente con la condición de conservar en mi mente toda la experiencia de vida acumulada hasta hoy. Digo esto porque luego de dos décadas de ejercicio docente hay un recuerdo que me acomete y no me deja tranquilo: el de una pregunta de un estudiante que no supe contestar como hubiera querido.

Debió ser entre 1988 y 1990 en mis primeros años como profesor de Letras, cuando intentaba motivar hacia la lectura y análisis de obras literarias a casi dos centenares de adolescentes enfermizamente obsesionados por las ciencias exactas. Uno de ellos me hizo la siguiente pregunta: "Profesor, y esto... ¿de qué nos va a servir?". Di la respuesta que había preparado ante tal eventualidad: un discurso teorético sobre la humanización y el crecimiento personal a partir del diálogo con grandes personajes de la literatura universal... en suma, casi que la contemplación de la verdad verdadera en su pura esencia (o lo que comúnmente llamaríamos "pura casaca").

Ahora, con lo que sé, mi respuesta sería la siguiente:

- Joven: no soy yo quien debo decirle para qué le va a servir esta materia, porque eso lo decide usted.

Después de tal sentencia, pasaría a explicar las diferentes posibilidades: desde el mero entretenimiento hasta el cumplimiento de un requisito académico que ni él ni yo hemos inventado (entiéndase: aprobar la materia). Aparte mencionaría el mejorar su ortografía, desarrollar la imaginación, analizar situaciones humanas arquetípicas, conocer nuevos términos y contextos, hacer gimnasia mental y hasta redactar mejor (aunque sea por esa especie de ósmosis que se cree que ocurre cuando uno está en contacto con textos bien escritos). Pero insistiría en cada momento en que también cabría la legítima posibilidad de que la materia de Letras no le sirviera para nada, sencillamente porque él o ella decidan hacer nada con aquel conocimiento; de la misma forma como, ya en su vida real, a cada quien acaban sirviéndole sólo algunas de todas las materias cursadas, según sus propias derroteros y opciones.