martes, 2 de marzo de 2010

Con fe inquebrantable

O LA GENEROSA EXPERIENCIA DEL AUTOENGAÑO

En 1985 yo estaba empecinado en estudiar Ciencias de la Comunicación y trabajar remuneradamente. En ambos proyectos yo diría que fracasé con bastante éxito, por razones que, ciertamente, no pueden endilgárseme. Dejando para otra entrada el asunto de la carrera universitaria, me referiré a mi frustrante, breve y siempre optimista carrera como vendedor (técnicamente ambulante) de anuncios publicitarios para una radioemisora que ya no existe.

Fueron como dos o tres meses en los que recorrí a pie, puerta por puerta y día a día, los comercios del centro de la ciudad capital, del centro ampliado, de los centros comerciales periféricos y algunos hasta un tanto extraviados, ofreciendo contratos publicitarios en un medio radial que, en palabras de su dueño, estaba "penetrando" en el espectro de aquel entonces. Como ya me había preparado sicológicamente para una posible tanatada de noes como preámbulo a un salvador "sí", el optimismo lo mantuve hasta el día final en que surgió la oportunidad de dedicarme a otra cosa más acorde con mi personalidad: un cargo de entrenador musical del que aún tengo buenos recuerdos.

Ahora a la distancia, me sorprendo de cómo fui capaz de asumir textualmente aquello de "y con fe inquebrantable el camino del progreso se afana en seguir", re-emprendiendo día con día una labor en la que objetivamente no tenía muchas posibilidades de éxito, ya que la inversión en publicidad radial sólo tiene sentido si se hace en fuertes cantidades de dinero a través de una agencia publicitaria que coloque las cuñas en varias radiodifusoras de mayor audiencia, con una frecuencia suficiente como para garantizar siquiera que el mensaje se conozca; en tanto que mi fútil ocupación de aquel tiempo era convencer a comerciantes y empresarios en pequeño para que hicieran una pequeña inversión en una radio pequeña, o sea, "por gusto".

En el recuento final, tras larguísimas caminatas que sólo fueron posibles por mi envidiable condición física de entonces, logré vender la alentadora cantidad de un contrato a una boutique que cerró hace décadas, por el cual recibí mi respectiva comisión (por el contrato, no por el cierre). Hubo otra venta, pero que no iba a ser pagada a la radio en moneda circulante, sino con mobiliario del fabricante por valor equivalente, porcentaje del cual no recuerdo si se me hizo efectivo.

Con todo, como dicen que de toda miseria ha de sacarse algo bueno, he aquí la enumeración de mis legados de aquel entonces:

a) un autógrafo (que ya no conservo) del cantautor chileno Fernando Ubiergo, quien por esos días llegó a la radio para una entrevista, y a quien tuve a bien interceptar en el mismísimo pasillo, pese a la cara de perro guardián del dueño de la radio, tipo "no lo moleste, jovencito impertinente".

b) un almuerzo navideño con todo el personal, incluyendo la oportunidad de codearse (literalmente, por lo estrecho de la mesa) con reputados locutores como Mario "Meléndrez", Glauco Rodríguez y Tony "Mineros".

c) la comprobación de que a algunos patrones les parece un insulto injurioso, merecedor de despido, que uno haga un recibo y diga que lo firmará hasta cuando se le haga efectivo el monto allí estipulado.