sábado, 23 de agosto de 2014

De El Poeta Nacional

La poesía de Alfredo Espino es la expresión de un “yo lírico” que encuentra en la naturaleza motivos para expresar su ternura, su maravilla, su compasión, sus esperanzas y sus anhelos de paz interior en medio de aves, pájaros, árboles, mares y nubes.

Si por infantil hemos de entender lo ingenuo (se le llamó “El Poeta Niño”), no es este el adjetivo que mejor calza para los poemas de “Jícaras Tristes”, su único y póstumo libro. Más bien lo que hay en muchos de ellos es la desesperada necesidad de encontrar un refugio ante las penalidades y sinsabores de una existencia atormentada, incapaz de encajar en un cuerpo social que le es extraño y repulsivo.

Cumbres, divinas cumbres, excelsos miradores...
¡Que pequeños los hombres! No llegan los rumores
de allá abajo, del cieno; ni el grito horripilante
con que aúlla el deseo, ni el clamor desbordante
de las malas pasiones... Lo rastrero no sube:
ésta cumbre es el reino del pájaro y la nube...

(De “Ascensión”)

En ese afán, Alfredo Espino logró plasmar literariamente los elementos más representativos de un idílico paisaje salvadoreño de principios del siglo XX, que en la memoria colectiva de las generaciones nacidas hasta antes de 1980 se volvieron elementos vinculantes con la nacionalidad.

Mucho se ha discutido -a menudo visceralmente más que con la razón bien puesta- sobre el epíteto más conocido de Alfredo Espino, “El Poeta Nacional”. Una de las opiniones autorizadas con mayor fundamento está en el prólogo a la edición de “Jícaras Tristes” de Clásicos Roxsil (1989), hecho por el académico Francisco Andrés Escobar, quien en 45 páginas hace un análisis de la vida, contexto, obra y recepción de la poesía de Alfredo Espino, ponderándolo en su justa dimensión y enfatizando lo siguiente:

Alfredo es el poeta nacional porque en su voz la salvadoreñidad se reconoce desde su modo de ser más íntimo.

Y, curiosamente, estas profundas raíces salvadoreñas están en el paisaje, más que en las gentes.


Posdata: para muestra de lo anterior, dejo aquí la musicalización de “Árbol de fuego”, ese raro amigo al que Alfredo Espino le compuso un poema lleno de coloridas metáforas.