lunes, 17 de noviembre de 2014

Contra el ocaso de la luz

Es difícil saber si el hecho de haberme quedado sin palabras cuando me preguntaron por mi opinión acerca de “Interstellar” (2014) se deba a mi muy arraigada devoción por la “ciencia-ficción”, a las reminiscencias de filmes y novelas precursores que bullían en mi mente, a la favorable expectativa ante las películas de Christopher Nolan o, sencillamente, a que la película está muy bien hecha.

Hubo, seguramente, un poco de todo, así que iré por partes.

El tema del tiempo que transcurre diferente para dos sujetos según su velocidad de movimiento, así como la posibilidad del viaje interestelar a través de túneles hasta hoy puramente hipotéticos (como los “agujeros de gusano”), ha permitido imaginar universos y situaciones fascinantes. Lo anterior, combinado con la certeza científica del fin de la vida en la Tierra y la búsqueda de trascendencia del género humano, a través de su expansión a otros mundos, presenta desde el inicio un menú atractivo para quienes, desde la lejana infancia, nos sumergimos en los devaneos, paradojas y posibilidades de este género literario muchas veces tan adulterado como la science-fiction. Integrar estos elementos ya conocidos en un todo coherente sin perder la novedad es, sin duda, uno de los grandes méritos de los guionistas.

De manera consciente, el filme evoca ideas y elementos de realizaciones cinematográficas anteriores, siendo la más fuerte la posibilidad que el género humano pueda evolucionar hacia estadios más elevados. En esta concepción, son inevitable las alusiones a “2001: a space odyssey” (1968), del director Stanley Kubrick, basado en un cuento de Arthur C. Clarke; los episodios y películas de “Star Trek”, especialmente el filme de 1979 donde enfrentan a V-ger; y por supuesto “Contact” (1997), basada en la novela de Carl Sagan. En el trasfondo de todo esto también están las ficciones de Isaac Asimov.

En cuanto a los demás aspectos mencionados, cabe destacar aquí el impecable manejo del ritmo y la tensión, eso que se llama suspense, durante las casi tres horas de duración de la obra. Por la exigencia de la industria cinematográfica de conectar con el gran público, quizá se cuelen uno o dos breves momentos cursis, pero son detalles mínimos que no opacan la profundidad de la idea central desarrollada, esto es: la tenacidad de los seres humanos por sobrevivir, la no resignación y lucha titánica expresada bellamente en los versos del poeta Dylan Thomas (1914-1953):

Do not go gentle into that good night.
Old age should burn and rave at close of day.
Rage, rage against the dying of the light!

”No entres dócilmente en esa buena noche. La vejez debería arder y delirar al final del día. ¡Enfurécete, enfurécete contra el ocaso de la luz!” La voluntad de lucha, así sea la rebelión absurda de que habló Albert Camus, sale fortalecida.

Hay otros elementos temáticos muy interesantes para meditar, como la exigencia de pensar como especie más que como individuos, las motivaciones personales que impulsan al sacrificio, el engaño colectivo o incluso autoinfligido para mantenerse en tareas decisivas, el momento de la intuición cuando la ciencia ha alcanzado sus límites, la perspectiva agnóstica subyacente, etc.

Por eso es que esta, como las buenas películas, lo deja a uno pensando más allá de lo sensorial y de las emociones inmediatas... ¡que también las tiene!