domingo, 23 de noviembre de 2014

De creatividad, antologías y auras.

El “Índice antológico de la poesía salvadoreña”, compilado por David Escobar Galindo (UCA Editores, San Salvador, 1982) contiene fichas bio-bibliográficas y muestras literarias de 105 poetas nacidos entre los años 1795 y 1954, es decir, un periodo de 159 años. Por decirlo de alguna manera, esto da un promedio de dos poetas por cada tres años.

Este mes, el joven letrado Vladimir Amaya publicó el “Segundo índice antológico de la poesía salvadoreña”, una libro de Kalina e Índole Editores en alianza. Contiene 73 poetas nacidos en el periodo de 1955 a 1987. En ese intervalo de 32 años, el promedio mencionado al principio se triplica... y un poco más.

Desde el punto de vista tradicional, se puede pensar que son muchos autores/as los incluidos y que la relativa cercanía temporal de los escritores en cuestión todavía no permite dilucidar con estrictos filtros quiénes al final serán los que trasciendan. Tal punto de vista lo encontramos claramente expresado en la siguiente cita, de hace un siglo:

Una nueva generación literaria ha aparecido en la América Central, y uno por lo menos de sus poetas ha mostrado serlo de verdad. Es cierto que la producción comienza a ser excesiva y que la cizaña ahoga, como en todas partes de América, el trigo. Los versos son allí una especie de epidemia. No sólo hay Parnaso Guatemalteco, sino Parnaso Costarricense y Nicaragüense, y una Guirnalda Salvadoreña, que consta de tres volúmenes: muchos poetas son para tan pequeña república. Pero esta abundancia desordenada ya se irá encauzando con el buen gusto y la disciplina, y por de pronto es indicio de la fertilidad de los ingenios americanos.

(Marcelino Menéndez y Pelayo en “Historia de la Poesía Hispano-Americana”, volumen publicado en Madrid en 1911; consultado en línea en la Biblioteca Virtual Menéndez y Pelayo. El resaltado en negritas es mío.)

Tengo fuertes dudas de que este primer criterio siga teniendo algún sentido en nuestro entorno cultural, pues al no haber una expectativa realista de carrera literaria sostenible por sí misma, resulta difícil que el tiempo establezca esa especie de juicio final que impartirá la ansiada justicia poética en la historia. Ese tiempo es generalmente entendido como la abstracción de la crítica literaria y la obra publicada; pero, como sabemos, la primera es incierta, circunstancial y muchas veces ejercida por los propios creadores/as dentro de sus círculos fraternales; mientras que la industria editorial nacional es tan exigua en estos tiempos -más que antes- que casi llega a su desaparición, salvo loables esfuerzos individuales por evitar su extinción.

También están los premios y galardones, pero -a diferencia de las competencias numéricas o deportivas- creo que en el arte hay un umbral técnico luego del cual, una vez traspasado y ganado el estátus literario, ya dependerá de los gustos y contextos particulares la resonancia que tenga.

No obstante, podemos cambiar radicalmente el enfoque y movernos de un punto de vista elitista a otro más democrático, entendiendo que la creatividad literaria es una habilidad que por milenios y para la mayoría de la población fue, si acaso, un talento sin descubrir, una mera potencialidad truncada por la falta de acceso a la educación, campo en el cual algunos avances se han hecho en el último medio siglo en el país. Cito a una eminencia intelectual como apoyo:

¿De verdad podemos tener la expectativa de que los seres humanos sean generalmente creativos? ¿La creatividad no es fenómeno raro y precioso que tan sólo se presenta ocasionalmente? Depende de lo que usted quiera decir con “creatividad”. Si está hablando de una genialidad suprema -como la de Mozart, Shakespeare o Newton- pues sí, es extremadamente rara. Pero, ¿qué sucede con la creatividad moderada? ¿Qué sucede respecto a los músicos que no son Mozart pero que añaden algo a nuestro legado de canciones y composiciones? ¿Qué respecto a los escritores que resultan ser menos que Shakespeare pero que, sin embargo, son divertidos e instructivos?

(Isaac Asimov en el ensayo “Llenando el espacio cerebral”, publicado originalmente en 1988 y compilado en el volumen “La receta del tiranosaurio”, Edamex, México, 1992.)

Por años he tenido la oportunidad de detectar jóvenes talentos literarios, tanto en la poesía como en la narrativa. También he conocido la magnífica labor de talleres de escritura creativa desarrollados por académicos/as y escritores/as. De ahí mi convencimiento de que esta habilidad específica no es menos escasa que la aptitud natural para aprender un instrumento musical, un deporte físico, el ajedrez o las matemáticas.

Por otra parte, y sin demérito de esa antigua generación de colegas escritores/as que logró destacar con los criterios tradicionales (crítica, premios y publicaciones), creo que el panorama venidero local es de más y más escritores/as despojados de esa misteriosa y mística aura de vate, gente que publica a través de la web, se autoedita o comparte sus escritos de una manera más terrenal, con buena técnica e ideas interesantes pero sin necesidad de demasiados pedestales.