martes, 12 de diciembre de 2006

Irse en la de choto

La etimología del término salvadoreño “de choto” es un misterio. Tal vez haya allí algún nahuatismo, como en muchas las palabras regionales que comienzan con la anecdótica “ch” (chero, chuco, choyudo, etc.), pero hasta hoy lo único claro es su significado principal: “de gratis”.

En cambio, la expresión idiomática “irse en la de choto” tiene más anécdota: hasta la década de los setentas, las alcaldías municipales tenían la sanitaria costumbre de recolectar a los ebrios consuetudinarios fondeados en las aceras de la ciudad, transportándolos hasta las bartolinas hasta que cesara su condición alcohólica. Para ello, casi siempre utilizaban una especie de furgoneta generalmente blanca, conocida también como “la chelona”, ante cuya presencia siempre bien avisada, los bolitos que aún podían tenerse en pie no dudaban en pegar carrera (o, al menos, intentarlo).

El razonamiento popular estableció, entonces, que el transporte desde donde el borrachín estaba tirado hasta el reclusorio era “de gratis”; aunque, en realidad, todo esto se lo cobraban al "cliente" en la multa requerida para salir o mediante trabajos forzados.

Así, decir “me fui en la de choto” calza cuando alguien reconoce haber tenido malas consecuencias de una acción cometida por equivocación, desconocimiento, ingenuidad o falta de previsión. Es equivalente a exclamar “la regué”, “la cantié” o incluso otra más categórica que, por mantener la elegancia de este espacio, prefiero no explicitar.

lunes, 11 de diciembre de 2006

Dream team

Equipo de baloncesto del Colegio Salesiano "Santa Cecilia", campeón invicto en los Juegos Deportivos Estudiantiles, categoría "Juvenil - A", 1983. En cuclillas, desde la izquierda: Roberto "el Guardia" Hernández, Miguel "Yisus" Torres, Mauricio "Cocoliso" Cruz, Jorge "Canito" Rivera, Jorge Navas y Héctor "el Socio" Solano. Parados: Jorge Kattán, Francisco "Billy" Quiteño (entrenador), Carlos "Cucha" Mendoza, RFG, Mario "Caballo" Vásquez y Edgar "el Chafa" Díaz. Falta el Eduardo "el Zurdo" Barrera.

Contrario a la creencia popular, mi relativa elevada estatura no se deriva de haber jugado baloncesto sino todo lo contrario: me animaron a hacerlo, precisamente, por ser "alto", pues ya en aquella época, a mis quince años en 1982, medía de largo exactamente lo que ahora: 1.91 m.

La dificultad, de cara a la afición, era que durante toda mi vida mis intereses habían sido musicales y no deportivos, por lo que el arte del basketball era para mí tan desconocido como la acupuntura.

Pese a mi carencia total de técnica y por razones que tal vez no he querido indagar a fondo, me involucré en la aventura de entrenar con el primer equipo del colegio y, a los pocos días... me fue recomendado primero un período de maduración en "Juvenil - A".

Así lo hice y, aunque pasé la mayor parte de la temporada en el banquillo, recuerdo aquella experiencia con muchísimo cariño: éramos un verdadero equipo, no teníamos adicciones indeseables y, pese a bromas y disgustos, nos sentíamos respetados.

Cuando Billy, el entrenador, estuvo a punto de dejar el puesto por problemas con su horario con la universidad, acordamos entrenar en el único horario posible; es decir, de 5:30 a 6:30 a.m., antes de la jornada académica. A esa hora, el ingreso al colegio sólo podía hacerse por una puerta detrás del altar mayor de la iglesia principal, por lo que se nos puso como condición que no desfilásemos por el templo enfundados ya en los pantaloncillos de entreno... ¡ni tampoco rebotando el balón!

Después de conquistado el campeonato, hubo un almuerzo de despedida que, en ese entonces, nadie consideró como el final de un ciclo. Pero pasada por la balanza de los años, vivencias como la de este mi "Dream team" son las que tiñeron mi conflictiva adolescencia de una sensación de felicidad que, curiosamente, crece con los años.

domingo, 10 de diciembre de 2006

Nosotros, a crayón.


Este retrato de Carmen y yo, dibujado el 21 de Julio de 2004 por alguien a quien no conocemos, es una artesanía posibilitada por el ocio mientras esperábamos cierto trámite en un centro comercial. Un “artegrafista” de esta especialidad ambulante ofrecía esta posibilidad a un precio razonable y no nos pareció mal. El resultado va a medias: ni somos tan nosotros ni tampoco nos desparecemos demasiado, pero mientras no tengamos otra para comparar, es ésta nuestra caricatura oficial.

jueves, 7 de diciembre de 2006

Césped capilar

Supongo que toda persona reflexionará en algún momento de su vida sobre la caída capilar o el cese de su crecimiento. Sin que me interese referirme a la millonaria industria que da tratamiento y remedio, efectivo o no, a este así llamado “problema”; tampoco analizaré los presuntos efectos estéticos, psicológicos, románticos o de cualquier otra índole (superficiales, en todo caso, puesto que “lo esencial es invisible a los ojos”, priva el espíritu sobre la carne, la verdadera belleza es interior, etc.).

Por otra parte, en estos días de menos trabajo profesional, estoy batallando con un sector del jardín trasero de la casa, donde en las últimas semanas el césped ha venido a menos, cual si imitase al cabello de la parte superior de mi cabeza. Supongo que la causa ha de ser multifactorial: poca retención de la humedad, tierra muy endurecida y sol escaso. Las replantaciones, hasta el momento, no han tenido el éxito deseado y me apresto a probar con tierra importada del vivero, previa excavación breve, sin darle tregua con el agua y, en caso de desesperación, podar los árboles circunvecinos (o redirigir la luz con espejos).

Si el comportamiento de este mi cabello en desbandada pudiera compararse con tal raquítico césped, el fracaso estaría anunciado, dado que el contacto de mi cuero cabelludo con el sol es bastante normal y por allí arriba la sequedad no es tanta. Por otra parte, aunque hay quienes lo ofrecen, el transplante de contados pelillos, emulando el trabajo de jardinería, ni me convence ni está en cualquier presupuesto sensato.

Así pues, mi actitud será doble y complementaria: me empeñaré en tener algo de éxito con la grama, al igual que procuraré mantener el coco parejo, es decir, auto-aplicándome periódicamente la rasuradora eléctrica en su máxima capacidad de corte.

miércoles, 6 de diciembre de 2006

Entrevista contraproducente

Que es infinitamente más interesante leer “Cien años de soledad” y “El otoño del Patriarca” que mirar con lupa a Gabriel García Márquez como persona, lo prueba “El olor de la guayaba” (1982), conversaciones entre el Nobel colombiano y Plinio Apuleyo Mendoza.

Inmersa en esa escuela de mal gusto que pretende esclarecer los nexos entre personajes y acontecimientos de la vida real y sus obras, la entrevista es amena, sí, pero intrascendente. La figura del escritor detrás de los universos literarios es digna de aplauso, respeto y admiración, sí, pero bastante menor a la par de Arcadios, Patriarcas, Aurelianos y Melquíades(es). Y, a diferencia de estos, “Gabo” no ha pronunciado en estas páginas una tan sola frase memorable.

Hay, en cambio, algunos deslices que lo bajan un poco del pedestal: descalificar “El señor presidente”, de Asturias; presumir, en cierto modo, de su largo y único matrimonio, mientras rechaza aventuras extramaritales por razones que nada tienen que ver con la fidelidad conyugal; insistir demasiado el valor de obras repetitivas y extendidas innecesariamente (como “El coronel no tiene quién le escriba” y “Crónica de una muerte anunciada”), mientras parece que le molestara aceptarse como el autor de “Cien años...”; comentar detalles de su estilo de vida “burgués”, como dirían aquellos, sin que ello riña con su publicitada amistad con Fidel y la revolución cubana proletaria; hacer su personal recuento de supersticiones, creídas tan en serio...

En fin, que no es falta privativa ni tampoco su culpa (él sólo responde lo mejor que puede) y cualquiera de nosotros acaso daría peor imagen sin tener ni la centésima parte de mérito. Pero mientras mi devoción por el par de libros mencionados al principio crece exponencialmente a medida que los releo, el valor de la efigie que tengo de su autor tal vez haya decrecido... en un uno por ciento.

martes, 5 de diciembre de 2006

Reseña de idiotas

Reseña de:
“Manual del perfecto idiota latinoamericano”.
Plinio Apuleyo Mendoza, Carlos Alberto Montaner y Álvaro Vargas Llosa.
(Barcelona, Plaza & Janés, 1996)

Evacuemos rápido las tesis de este “opúsculo de carácter agresivo” (“panfleto”, según ellos mismos y la RAE):

- En Latinoamérica, desde el nacimiento de sus países hasta finales del siglo XX, prácticamente no se aplicó el esquema liberal; por el contrario, lo que hubo fueron estados corruptos, populistas, demagogos, oligárquicos, etc., que causaron grandes desastres económicos y políticos.

- No se puede culpar al capitalismo del atraso y pobreza de los países latinoamericanos, pues estos han sufrido debido, principalmente a sus propias malas decisiones.

- Las propuestas de solución marxistas, socialistas, centralistas, etc., que han fracasado en todas partes del mundo, vienen a ser remedios peores que la misma enfermedad, como lo demuestran los desgraciados países en donde se han aplicado (énfasis y dedicatoria especial para la Cuba de Fidel).

Por lo tanto y en conclusión:

- El único camino hacia el desarrollo es el liberalismo económico.

Hasta ahí, nada extraordinario.

Pero el propósito del libro no es dar una explicación serena, tranquila, mesurada y académica; por el contrario, explícito es su objetivo burlón, cáustico, provocativo: de ahí el título y el estilo; de ahí el cientos de veces reiterado sustantivo “idiota” (ojo: nombre, no adjetivo) para aludir a quien aún se empeñe en creer lo que ellos entienden como patrañas pseudo-redentoras de la izquierda, en todas sus variantes.

Con todo, quizá lo más interesante no sea entrar en un estéril debate entre sordos, sino reflexionar sobre esta pregunta: “¿a quién está dirigido realmente el libelo?”.

No, por cierto, al “idiota” revolucionario allí definido: éste lo acribillaría al menor contacto o respondería ladrando descalificaciones de todo calibre.

Tres son, a mi criterio, los tipos de lector que hallarán algún interés en deglutir este repetitivo mamotreto:

1. Quienes no necesitan leerlo para creer en sus tesis, puesto que ya las sustentan aún sin saberlo: políticos, empresarios, ideólogos y votantes “neoliberales” o “de derecha”.

2. Los “ex de izquierda”: apóstatas, renegados, evolucionados, reciclados, etc. (de todos los cuales hay muchísimos ejemplares en el tinglado local).

Y, por supuesto:

3. Los ilustres librepensadores, como este que escribe, interesados (o que se divierten) en escuchar los argumentos de uno y otro bando, para extraer de ahí sus propias conclusiones (o, aburridos de escuchar sus fútiles diatribas, cambiar de canal).

Por lo tanto, si Ud. no se halla ni se imagina contenido en alguna de estas categorías y, por contra, se considera (o se imagina) como “gente de izquierdas”, va por ahí manifestándose puño izquierdo en alto (o ve con mayor simpatía y aun cierta nostalgia que otros vayan), habla mal de la Coca-cola y el McDonald's (incluso o especialmente cuando almuerza ahí), no mueve un dedo (o no deja de moverlo) sino hasta que la comandancia o comisión política del partido revolucionario se lo indica, tiene la colección completa de artículos del Che Guevara (boina, arete, collar, camiseta, pulsera y hasta portalápices, todo copyright) y, en época de elecciones, es de los que conmina a sus amigos con frases cerradas (“no votar por nosotros, incluso no ir a votar, es votar por el enemigo”)... ¡mejor ahórrese un buen disgusto y ni se le ocurra leerlo!

lunes, 4 de diciembre de 2006

Mercenario... ¿"Che"?

Prometo para próximos días (meses) unos párrafos amplios sobre “Titanes en el Ring” (pilar de mi cultura televisiva primigenia, junto a “Los Picapiedra”, “Los tres chiflados” y “Ultraman”). Entretanto, confieso que nunca pude aceptar el juicio negativo que mi padre y mi hermana mayor lanzaron contra uno de los personajes-tipo de aquel célebre programa: el Mercenario Joe, luchador del bando de los “rudos” o “villanos”, quien según ellos representaba (y caricaturizaba como “malo”) al icono revolucionario latinoamericano, Ernesto “Che” Guevara.

Mis argumentos de niño inocente debieron basarse en algo así como que ellos estaban viendo oscuras intenciones donde no las había. Obviamente, ni sabía ni me interesaba nada de política argentina, pues -aparte de este programa- mi relación con el país del sur se limitaba a la edición semanal de la revista "Billiken" y las caricaturas de Mafalda. Menos aun me preguntaba por la percepción que los distantes pibes podían tener sobre el tema ni, faltaba más, de la presunta ideología de Martín Karadagián, contra quien una vez el soldado apátrida se enfrentó en lucha de parejas... y éste acabó “comprando sus servicios” con un fajo de billetes en una esquina del ring, para vapulear a no sé quién en un tres contra uno.

Más serenamente y décadas después, debo admitir la verdad de aquella observación familiar, pues... ¿quién le quita la pinta de guerrillero (boina, bigote, metralleta, estrellita)? Y, sobre todo... ¡el habano! Pero esta comprobación, lejos de invitarme a cualquier apostasía luchística, no hace más que aumentar mi interés por escuchar más opiniones sobre el tema.

Chupando cultura

No hay impertinencia más grande que un sobrio en una mesa de borrachos.
“Gotas muertas”, RFG.

Peor que los flujos de alcohol y cerveza quizá sea lo que se habla alrededor de ellos, algo así como el feedback permanente de nuestra cultura del subdesarrollo, todo en una particular mezcla de machismo y homofobia, que redunda en misoginia. Que los “chupaderos” sean establecimientos legítimos y prósperos, bien cabe. Que, cuando el tema es el fútbol, cambie un poco el tono de la conversación, es posible. Pero que de ahí el macho salga ideológicamente bien apertrechado, sea el ciudadano común o los de la cantina intelectual, ni dudarlo.

domingo, 3 de diciembre de 2006

Esnobismo pedante

"Esnob" es la "persona que imita con afectación las maneras, opiniones, etc., de aquellos a quienes considera distinguidos"; en tanto "pedante" es una persona "engreída y que hace inoportuno y vano alarde de erudición, téngala o no en realidad." Este par de palabras engendraron hace ya una década cierta agujita intelectual, "¿Hambre de cultura o esnobismo pedante?", la cual traigo a cuenta como resultado del rediseño de mi sitio web ( larga historia), así como de la observación de ciertos hábitos (sin provocación). Aquí está el texto completo en PDF.

viernes, 1 de diciembre de 2006

Canción oculta restaurada

En 1987 Eugenia Abrego, una niña de octavo grado de un grupo musical escolar que yo dirigía, me mostró una melodía que se había inventado, con una letra adolescente y, como tal, aún en proceso. Luego de algunos acomodos de notas, acordes y palabras, emergió una versión regularizada y armónica.

Aprovechando el espacio de las eliminatorias nacionales para el Festival OTI, le pedimos a Ana Ruth Turish, famosa en ese tiempo, que nos la cantara allí. Ella prefirió otra pieza que consideró más competitiva, aunque tuvo la gentileza de cantárnosla frente a una grabadora manual y sólo con mi guitarra de fondo, para ver si, con eso, hallábamos otra vocalista que se hiciera cargo en el certamen.

Como la coautora era menor de edad y yo ya participaba con mi propia canción en el evento, decidimos inscribirla con un ampuloso heterónimo, Fernando Gavidia Flores, y hallamos a Letty, una cantante madura a quien el tema le quedó bastante bien, aunque el estilo no fue el que habíamos pensado (todavía me pregunto si ella sospechó que el tal compositor era sólo una invención espectral).

Inquieto por escuchar la canción tal como la había imaginado al principio, sintetizadores en mano me di a la tarea de recuperar el arreglo original, pero... ¿cómo hacer con la voz, si de Ana Ruth había perdido toda pista? ¡Volví entonces a aquel “cassette” antiguo para digitalizar el contenido y acomodarlo a los nuevos compases!

La voz original de Ana Ruth fue grabada en el sótano de la capilla del Colegio "Santa Cecilia", donde ensayábamos con el coro de "Juventud 75" (la reverberación era preciosa e inevitable). La mezcla con los instrumentos ocurrió... ¡con quince años de diferencia y en ausencia de la cantante! El resultado está aquí en archivo ZIP y no sé si la historia de su génesis sea más o menos interesante que la canción. Para mí, que empatan.