lunes, 11 de diciembre de 2006

Dream team

Equipo de baloncesto del Colegio Salesiano "Santa Cecilia", campeón invicto en los Juegos Deportivos Estudiantiles, categoría "Juvenil - A", 1983. En cuclillas, desde la izquierda: Roberto "el Guardia" Hernández, Miguel "Yisus" Torres, Mauricio "Cocoliso" Cruz, Jorge "Canito" Rivera, Jorge Navas y Héctor "el Socio" Solano. Parados: Jorge Kattán, Francisco "Billy" Quiteño (entrenador), Carlos "Cucha" Mendoza, RFG, Mario "Caballo" Vásquez y Edgar "el Chafa" Díaz. Falta el Eduardo "el Zurdo" Barrera.

Contrario a la creencia popular, mi relativa elevada estatura no se deriva de haber jugado baloncesto sino todo lo contrario: me animaron a hacerlo, precisamente, por ser "alto", pues ya en aquella época, a mis quince años en 1982, medía de largo exactamente lo que ahora: 1.91 m.

La dificultad, de cara a la afición, era que durante toda mi vida mis intereses habían sido musicales y no deportivos, por lo que el arte del basketball era para mí tan desconocido como la acupuntura.

Pese a mi carencia total de técnica y por razones que tal vez no he querido indagar a fondo, me involucré en la aventura de entrenar con el primer equipo del colegio y, a los pocos días... me fue recomendado primero un período de maduración en "Juvenil - A".

Así lo hice y, aunque pasé la mayor parte de la temporada en el banquillo, recuerdo aquella experiencia con muchísimo cariño: éramos un verdadero equipo, no teníamos adicciones indeseables y, pese a bromas y disgustos, nos sentíamos respetados.

Cuando Billy, el entrenador, estuvo a punto de dejar el puesto por problemas con su horario con la universidad, acordamos entrenar en el único horario posible; es decir, de 5:30 a 6:30 a.m., antes de la jornada académica. A esa hora, el ingreso al colegio sólo podía hacerse por una puerta detrás del altar mayor de la iglesia principal, por lo que se nos puso como condición que no desfilásemos por el templo enfundados ya en los pantaloncillos de entreno... ¡ni tampoco rebotando el balón!

Después de conquistado el campeonato, hubo un almuerzo de despedida que, en ese entonces, nadie consideró como el final de un ciclo. Pero pasada por la balanza de los años, vivencias como la de este mi "Dream team" son las que tiñeron mi conflictiva adolescencia de una sensación de felicidad que, curiosamente, crece con los años.