miércoles, 6 de diciembre de 2006

Entrevista contraproducente

Que es infinitamente más interesante leer “Cien años de soledad” y “El otoño del Patriarca” que mirar con lupa a Gabriel García Márquez como persona, lo prueba “El olor de la guayaba” (1982), conversaciones entre el Nobel colombiano y Plinio Apuleyo Mendoza.

Inmersa en esa escuela de mal gusto que pretende esclarecer los nexos entre personajes y acontecimientos de la vida real y sus obras, la entrevista es amena, sí, pero intrascendente. La figura del escritor detrás de los universos literarios es digna de aplauso, respeto y admiración, sí, pero bastante menor a la par de Arcadios, Patriarcas, Aurelianos y Melquíades(es). Y, a diferencia de estos, “Gabo” no ha pronunciado en estas páginas una tan sola frase memorable.

Hay, en cambio, algunos deslices que lo bajan un poco del pedestal: descalificar “El señor presidente”, de Asturias; presumir, en cierto modo, de su largo y único matrimonio, mientras rechaza aventuras extramaritales por razones que nada tienen que ver con la fidelidad conyugal; insistir demasiado el valor de obras repetitivas y extendidas innecesariamente (como “El coronel no tiene quién le escriba” y “Crónica de una muerte anunciada”), mientras parece que le molestara aceptarse como el autor de “Cien años...”; comentar detalles de su estilo de vida “burgués”, como dirían aquellos, sin que ello riña con su publicitada amistad con Fidel y la revolución cubana proletaria; hacer su personal recuento de supersticiones, creídas tan en serio...

En fin, que no es falta privativa ni tampoco su culpa (él sólo responde lo mejor que puede) y cualquiera de nosotros acaso daría peor imagen sin tener ni la centésima parte de mérito. Pero mientras mi devoción por el par de libros mencionados al principio crece exponencialmente a medida que los releo, el valor de la efigie que tengo de su autor tal vez haya decrecido... en un uno por ciento.