sábado, 16 de diciembre de 2006

Masa coral

Curioso por ver cómo se integraban en el gran espectáculo algunas miembros de coro colegial que ocasionalmente convoco, asistí a un concierto de la Orquesta Sinfónica Juvenil y el Coro Nacional reforzado con adolescentes novatos, presentación de admisión gratuita en la zona peatonal de un conocido centro comercial.

Entiendo que las primeras piezas corrieron a cargo de los sinfónicos y cantores más fogueados y, a continuación, se integraron los torrentes juveniles debutantes.

De las ejecuciones clásicas puedo decir que sonaron muy bien, pese los contrarios esfuerzos de los operadores de la consola. En cambio, de las canciones más populares, donde se integró la multitud coral adolescente, sólo cabe reconocer el mérito de haber reunido a más de dos centenares de jóvenes para cantar al unísono.

Sospecho que las principales fallas fueron organizativas, la convocatoria tardía y el tiempo no alcanzó para un mínimo arreglo a dos voces, lo que defraudó un poco mis expectativas.

En cuanto a la orquesta, se notó mucho su paso de lo sublime a lo mundano cuando ejecutó los temas aparentemente más fáciles que los clásicos (“Amigos para siempre”, “Gracias por la música”, “Patria querida”, “Imagine”, “Que canten los niños”, etc.), pues los arreglos no eran finos y su coexistencia con instrumentos modernos, como la batería y el bajo eléctrico, requería mayor delicadeza auditiva que su simple superposición rítmica y sonora.

Cabe recordar que este fue, por cierto, el mérito que hace tres décadas tuvo el maestro hispano-argentino Waldo de los Ríos, cuya habilidad consistió, precisamente, en llevar hasta las masas a Beethoven y Mozart, colocando los aparatos “pop” de tal forma que, estando ahí, se sintieran sin apenas notarse y sin quitar protagonismo a las cuerdas, vientos y metales.

Pero, tal como lo comenté en una conversación previa con alguno de los jóvenes músicos, ese sutil criterio no está al alcance de los sonidistas locales, amigos del ecualizador “en hamaca” (bajos y altos al tope, medios abajo) y socios inseparables del “feedback” más inoportuno. Por su cuenta corrió, como no podía ser de otra forma, el volver inaudibles las estrofas que debieron interpretar unas niñas solistas.

Unas pocas pero constantes pringas de lluvia obligaron a finalizar el evento cuando aún quedaban por interpretar dos canciones, las cuales imagino en el mismo formato que las ya comentadas.

Y como, por una parte, los adolescentes son mucho más susceptibles que cualquier otro ser de este mundo ante los comentarios críticos y, por otra, no pienso renunciar a mi vocación de ser sincero, considero que la mejor respuesta ante las venideras preguntas de “¿qué le pareció el concierto?” será... ¡remitirlos con todo entusiasmo a estos párrafos que aquí mismo finalizan!

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Posdata: me dice un informante que, luego de pasada la amenaza pluvial, se ejecutaron los números restantes.