domingo, 26 de junio de 2016

Llanto por un puerto

El Puerto de La Unión Centroamericana está considerado el motor que impulsará el desarrollo de todo el país, permitiendo la captación de carga nacional, regional y extra regional, la que luego será distribuida hacia toda América y otros continentes.

Web oficial del Puerto La Unión, CEPA.

Uno lee en los documentos oficiales la descripción del Puerto de La Unión, luego alza la mirada hacia la realidad y dan ganas de llorar.

Planificado durante la administración de Francisco Flores (1999-2004), construido durante la presidencia de Tony Saca (2004-2009), recibido y… nada más por el gobierno de Mauricio Funes (2009-2014), y reconocido veladamente su fracaso por los funcionarios de Salvador Sánchez Cerén (2014 a la fecha), este elefante blanco no tiene más futuro que ser habilitado como Museo a la Incapacidad Nacional.

Entre su edificación y mantenimiento, al momento se han malgastado cerca de 200 millones de dólares, sin que haya ninguna -óigase bien: ninguna- compañía naviera que esté interesada en operarlo, mientras que el Estado tampoco tiene los recursos como para ponerlo a funcionar.

¿Por qué nadie lo quiere? Simplemente porque no es negocio.

El Salvador no tiene un desarrollo industrial que requiera por sí mismo de un puerto adicional al de Acajutla. Y si se piensa en cubrir un mayor radio de acción, ya hay otros puertos en la región en mejores condiciones.

Para rematar, con la inauguración de las nuevas esclusas del Canal de Panamá, ya no tiene sentido un canal seco para buques postpanamax que puedan atracar en La Unión y desplazar su carga hacia Puerto Cortés, Honduras, si es que esta idea alguna vez sonó plausible; considerando además las dificultades aduaneras, de carreteras y de inseguridad en dos de los países más violentos del mundo.

Dificultad añadida es el dragado permanente que requiere el trayecto que los barcos deben transitar por el Golfo de Fonseca, el cual encarece los costos de operación del pobre puerto.

En el tinglado político, el partido FMLN cargará la culpa a quienes lo construyeron sin considerar objetivamente su viabilidad, mientras que el partido Arena señalará a quienes en principio pusieron trabas a su concesión y luego, ya en el poder, no supieron concluir exitosamente dicha licitación.

Y de burocracia, mejor ni hablemos.

Los únicos que nunca dejaron de sonreír son quienes propusieron y tuvieron a cargo su construcción: hicieron su negocio y una vez más nos vendieron espejitos.

viernes, 17 de junio de 2016

La homofobia y yo

Yo, como todas las personas de mi generación (y las anteriores por milenios), crecí en una cultura homofóbica y la interioricé como algo natural, sin siquiera conocer ese término y su significado.

Cuando supe que había hombres que se vestían y comportaban de maneras consideradas femeninas, al mismo tiempo aprendí que lo más natural del mundo era burlarse de ellos. Escuché por la radio canciones (¡Ay, mariposa!) y, en tertulias, chistes centrados en las costumbres de esos seres afeminados. Hogar, amigos y escuela coincidieron en ese enfoque.

Recuerdo que el primer homosexual al que vi, a una prudente distancia de diez metros, fue un personaje marginal de la ciudad, completamente drogado y con aspecto grotesco en el parque San Martín de Santa Tecla, lo cual fortaleció los prejuicios heredados sobre esa gente de la mala vida. Ahora que lo pienso, para entonces había visto ya a muchísimos hombres heterosexuales completamente drogados y con aspecto grotesco deambulando por esa misma ciudad, pero nunca se me ocurrió la idea absurda de creer que todos los demás varones eran así como ellos.

En aquella infancia donde uno absorbe irreflexivamente lo que dicen los mayores, llegó a mis oídos la primera historia de lesbianas, contada en familia con voces alarmadas, porque en el colegio donde iba una de mis hermanas había una compañera de quien se decía era marimacha y todas temían su acoso violento (aunque las anécdotas que circulaban nunca pasaron de algunas palabras y gestos demasiado afectuosos para quienes allí estudiaban).

En aquella misma época también me enteré de que había hombres homosexuales que no eran afeminados, como un sastre abstemio y solitario que hacía camisas y pantalones para el vecindario, pero eso no provocó ningún cambio en la percepción de rechazo que ya estaba instalada.

Así pues, en mis primeros quince años de vida mi opinión sobre la homosexualidad se mantuvo conforme a lo establecido y esperado: homofobia sin debate conceptual, en forma de repulsión y burla; con su contraparte de macho porque, en esas edades de afirmación de la hombría, el mayor temor para todo varón era que los compañeros de colegio lo consideraran culero, a tal punto de verse obligado a hacer cosas para probar que no lo era: desde liarse a golpes a la salida del colegio hasta ir con una prostituta en cuanto fuera posible, pasando por embriagarse al solo tener la ocasión.

Hasta allí, todo normal.

Pero en el bachillerato hubo alguien que no encajaba con la expectativa: un reconocido profesor con claro amaneramiento y de quien absolutamente todos los jóvenes estudiantes decíamos era homosexual, y no obstante muy respetado por las autoridades de ese colegio. Nadie nunca pudo confirmar si la acusación era verdadera, pero todos la dimos por cierta, tanto así que -en uno de esos pocos momentos en que no hacíamos guasa de sus gestos- discutimos sobre “cómo era posible” que los curas que dirigían ese centro de estudios lo tuvieran allí trabajando, “siendo así como era”. Yo no encontré explicación, aunque algunos compañeros mantenían la tesis del pragmatismo institucional, dada la cantidad de actividades colegiales ad honorem que el profesor organizaba con gran dedicación y eficiencia.

¿Pero cómo era él, a fin de cuentas?

Curiosamente, los mismos que hacíamos las burlas (persistentes aún ahora en las reuniones anuales de promoción) somos unánimes en reconocer las excelentes habilidades docentes del tipo en cuestión, su especial devoción por inculcar la escucha de la música clásica, su desbordado entusiasmo por organizar al estudiantado en apoyo al equipo de baloncesto colegial, y por supuesto sus infaltables e ingeniosas frases célebres (entre serias y cómicas). Tanto fue su aporte educativo que un edificio de esa institución lleva su nombre, tras su repentino fallecimiento hace varios lustros.

Ya en edad universitaria, las sacudidas contra esa mi habitual compañera, la homofobia, fueron mayores.

La primera y más determinante vino de la clase de psicología, donde se nos explicó el tema desde un punto de vista estrictamente profesional, con suficiente sustento académico para entender que la homosexualidad está determinada por factores propios de cada persona y ajenos a su voluntad, es decir, que cada quien es como es. También aprendí sobre los mitos y realidades del tema, y eso me liberó de mucha ignorancia.

La segunda fue la personalidad de un eminente catedrático, también ya fallecido, cuya presunta orientación sexual siempre se comentó en corrillos. El pensamiento construido y expresado por ese hombre, tanto en el aula como en diversas publicaciones, es del más elevado humanismo, siendo sus aportes de lo más valioso que pueda encontrarse en la maltratada cultura nacional.

En mi alma máter también tuve ocasión de leer El lobo, el bosque y el hombre nuevo, libro de Senel Paz, y ver su adaptación al cine bajo el sugerente título de Fresa y chocolate, filme dirigido por Tomás Gutiérrez Alea. Hay allí una escena en que el joven revolucionario David le dice a Diego, el protagonista homosexual, que entiende su situación, la cual se debe a traumas sufridos en la infancia. Diego se carcajea cortésmente y le pregunta de dónde ha sacado esa idea tan descabellada. Eso me cuestionó fuertemente, porque a pesar de todo, yo aún sustentaba esa misma idea.

Y así, entre la década de los noventas y la primera del milenio, el antídoto contra la homofobia me fue llegando a cuentagotas, investigando el tema en fuentes académicas confiables y además examinando con afinada comprensión ciertas obras literarias, teatrales y cinematográficas que plantean el tema con bastante profundidad.

Adicionalmente a lo anterior, en mi ámbito laboral ocasionalmente fui sabiendo de personas gais y lesbianas, muchas de ellas que lo declararon abiertamente con posterioridad, así como transexuales. Al día de hoy, a ninguna de ellas la recuerdo como gente perversa, malvada o con declarados antivalores. En ningún caso vi que para ellos o ellas esa fuera una opción a elegir dentro de un menú a la carta, tampoco una moda como muchos dicen, sino una orientación sexual que descubrieron en cierto momento de sus vidas. Los hubo creyentes, algunos aún esperando aceptación por parte de su religión, así como gente agnóstica y también ateos. En más de algún caso conocí también a sus familias y no las vi particularmente disfuncionales, a menos que tuvieran serios problemas en aceptar la naturaleza de su hijo o hija.

Todo lo anterior no los convierte ni en santos ni en demonios, tan solo son personas con sus luces y sombras, como cualquiera de nosotros.

Eso no es todo lo que tengo que decir al respecto del tema, pero hasta aquí voy a llegar con esta retrospección.

No por parecer progre voy a fingir que me agrada ver ciertas demostraciones de amor homosexual, como tampoco me gusta el sushi ni la ópera, pero eso jamás me autoriza a negar el derecho de otras personas a las que sí; y tampoco me impide a reconocer y condenar la sinrazón de quienes les vilipendian, persiguen o incluso asesinan.

Quizá aún haya resabios homofóbicos en mi visión de mundo, tal vez porque la cura contra esa enfermedad me fue provista por la inteligencia lógica, mientras que los prejuicios culturalmente adquiridos son irracionales y además muy resistentes. Sé que hay personas que llegan a la aceptación de la diversidad por otros medios, como la empatía o el principio universal de no discriminación, sin tanto laberinto conceptual, y eso me alegra.

Pero cualquiera sea el camino, lo importante es la disposición a limpiar la conciencia de tanta incomprensión, ignorancia e intolerancia.

* Este artículo fue publicado originalmente en la Revista Factum y puede leerse allí este enlace.

lunes, 6 de junio de 2016

Ausencias

¿Cómo contar el vacío que deja la repentina e inexplicada desaparición de un ser querido? Las solas palabras no bastan: hacen falta imágenes, símbolos que se aproximen al dolor constante, al perenne riesgo de derrumbar toda esperanza de reencuentro y a la necedad-necesidad de aferrarse a algo que no cuadra en la lógica del sinsentido.

Eso es el Ausencias, ganador del Premio Ariel 2016 de la Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas en la categoría de cortometraje documental.

Con realización y guion de Tatiana Huezo (mexicana de origen salvadoreño, 1972), bajo la producción de Agnaïs Vignal y Julio López, este filme de 26 minutos consigue situar al espectador en un contexto emocional universal, pues aun cuando ocurre en un lugar concreto (Saltillo, Coahuila) con personas específicas (Esteban, Walberto, Brandon), permite adentrarse en esa angustia irresoluta de quienes no saben el paradero de sus familiares arrebatados sin explicación alguna, que puede ser peor que la certeza de saberlos en una tumba.

El testimonio narrado tiene la virtud de ser auténtico sin caer en el melodrama, de dejarse acompañar por tomas sugerentes de espacios vacíos de ilusiones, así como de encarar la vida con una fe laica saludable e inusual.

Inserto en lo cotidiano, el texto sabe además incorporar el debate sobre cómo continuar viviendo por quienes quedan, sin abandonarse al lamento y la inacción, y sin rendirse ante la muerte.

sábado, 4 de junio de 2016

Fuera de línea o fuera de orden

"Avoid loud and aggressive persons:
they are vexations to the spirit."
Max Ehrmann, Desiderata.

“Fuera de línea” se ha convertido en uno de los programas más desagradables de la radiodifusión salvadoreña. Y eso es decir mucho.

Sus productores, Radio Corporación YSKL, quizá crean que es interesante el estilo de discusión y permanente polémica que, como norma explícita, mantienen sus presentadores Eugenio Calderón y Raúl Beltrán Bonilla; pero no se han dado cuenta de que hace mucho tiempo pasaron el límite razonable de la coherencia e inteligibilidad, para dar paso a un dime que te diré propio de plaza pública o nuestra insigne Asamblea Legislativa (que viene a ser lo mismo).

Muy poco pueden hacer los otros dos presentadores, Cristian Villalta y Carlos Aranzamendi, para mantener siquiera la unidad temática del segmento, ante los usuales aspavientos, sarcasmos, altisonancias y ultrajes mutuos en que Eugenio y Beltrán se sumergen al solo iniciar el programa, que se transmite en vivo los lunes y viernes a las 5:00 p.m. en la mencionada estación.

Sin importar las poses y fotos dizque amigables que pongan en redes sociales, lo cierto es que "Fuera de línea" ha derivado en una anarquía tal que hasta el operador de la consola tiene que sacarlos del aire sin previo aviso para ir a menciones comerciales, harto de esa molesta simultaneidad de alaridos y aruñones verbales.

Si fuera un guion como en la lucha libre de la WWE, hasta gracioso sería. Pero no.

La monotonía que ese penoso espectáculo auditivo produce es tal que bien podrían grabar un segmento y ponerlo repetido en todas las emisiones, sin que el público lo notara, porque ya no se sabe ni cuál es el motivo concreto de discusión en cada caso.

¿Será que nadie en la KL es capaz de poner un poco de orden, en beneficio del oyente?

Porque una cosa es diferir en opiniones, discutir con pasión un tema o incluso ponerle algo de chile picante a la plática; y otra muy distinta es que, en el transcurso de varios minutos al aire, el Chele y el Primo se pasen diciendo “¡Bruto vos! ¡No, tonto vos!", sacándose a relucir mutuamente el rosario de insensateces y errores periodísticos cometidos por uno y otro desde tiempos bastante pretéritos (que no es el tema de este artículo, pero daría para varias páginas de inquisiciones).

Lo triste es que semejantes modelos de discusión y debate, difundidos masivamente a través de una radioemisora de mucho prestigio acumulado, fomentan en la población la intolerancia, la descalificación y la agresión mutua, profundizando (si es que se puede aún más) la descomposición social que padecemos.

Cierro con un último comentario, como quien va pasando.

La etiqueta del programa dice que "el toque femenino” lo pone Tuty Santamaría, una modelo a quien cada vez que le dan oportunidad de hablar, le ponen música de streap-tease de fondo. No me extrañaría que en las próximas ediciones incorporaran algunos aullidos lobeznos.


Posdata: el programa aún tiene anuncios publicitarios pagados y por eso continúa emitiéndose, pero no sé si los auspiciadores han hecho mediciones de audiencia o nada más se dejan ir por la "marca YSKL". Mi impresión es que no soy el único que acaba cambiando de estación a los pocos minutos, a fin de cuidar el ánimo y el oído.

sábado, 28 de mayo de 2016

Un recuerdo musical inesperado

De mi último año de bachillerato en el Chaleco, recuerdo una experiencia significativa en la clase de inglés, cuyo profesor era un estudiante de psicología de nombre Waldo Vladimir Alvarado.

En los últimas semanas del año, él tuvo a bien hacernos copiar la letra de una canción, Seasons in the sun, de Terry Jacks, que había sido un éxito pop en la década anterior. Su tema es trágico y hasta la fecha solo podemos hacer conjeturas de la situación del protagonista, quizá un enfermo terminal que se despide de su amigo, de su padre y de su amada Michelle, en medio de bellos cánticos de aves (“Is hard to die when all the birds are singing in the sky”). Quizá don Waldo la eligió por ser una canción de despedida, aunque en ese entonces ni él ni nadie de nosotros pensaba en fallecer.

Hasta allí, todo encajaba en la normalidad de la jornada.

Pero una vez explicado el sentido de la situación descrita y hecha la traducción con el correspondiente vocabulario, don Waldo tomó la guitarra (que también la había llevado, con la previsible intención de hacernos cantar), se dirigió a mí y puso el instrumento en mis manos con toda naturalidad: “Please, mister Góchez…”

¡Glup!

Si bien es cierto, todo mundo en el colegio sabía que yo tocaba la guitarra, no había habido ninguna solicitud, conversación o aviso previo a fin de que yo llevase ya preparada la canción. Repito: ¡ninguna! Puse cara de “¿Que qué…?”, frente a mis cuarenta y tantos compañeros que ya esperaban el inicio de los acordes para el canto.

Y entonces descubrí que mi memoria musical estaba fundamentada en los Greatest hits de los setentas, todas esas piezas musicales que fueron populares cuando mis hermanas mayores eran adolescentes y yo apenas un infante.

Esa canción antigua, que hasta entonces supe cómo se llamaba y de qué trataba, estaba íntegra en un rincón añejo y especial de esa gaveta cerebral donde uno encuentra algo que tiene muchísimos años guardado, prácticamente sin saberlo.

Entonces la música resonó en mi mente y no me fue difícil encontrar los acordes para acompañar la línea melódica. La cantada grupal funcionó y la experiencia propuesta por don Waldo fue exitosa. Fue además, para mí, un interesante descubrimiento.

sábado, 14 de mayo de 2016

¡Vaya valla!

Cuando mi hermana mayor estudiaba psicología en la UCA, allá por 1977, recuerdo que las pláticas familiares cambiaron sensiblemente. De los asuntos cotidianos, pasamos a escuchar críticas a diversos aspectos de aquella sociedad: que si el capitalismo aquí, que si la sociedad de consumo allá… y en el trasfondo apareció en el día a día por primera vez la discusión sobre el machismo, los estereotipos socioculturales y la utilización de la mujer como objeto sexual.

Siendo este último un aspecto tan claro y evidente, en mi ingenuidad infantil creí que en un par de décadas las cosas iban a cambiar a medida se fuera difundiendo la conciencia de esta explotación indigna de la imagen femenina.

Casi 40 años después de aquella ilusión, seguimos en lo mismo.

Para muestra, esta valla publicitaria que asoma en la carretera que de Santa Tecla conduce a San Salvador, a la altura del paso a desnivel (unos 200 metros después del Hospital San Rafael).

Como bien dijo Don Macario: "¡Ahi saquen ustedes sus propias conclusiones!"

Posdata:

El ISDEMU emitió un pronunciamiento condenando el hecho, aunque según el art. 22 de la Ley Especial contra la violencia hacia las mujeres, el tema le corresponde al Ministerio de Gobernación. La Alcaldía Municipal de Santa Tecla, su parte, mandó a retirar dos vallas que estaban en su jurisdicción.

sábado, 30 de abril de 2016

Cómo ser artista famoso en la Guanaxia

¿Conque te creíste el cuentecillo de que para ser artista famoso habías de ser, ante todo, artista? ¡Mira qué engaño! Pusiste gran esmero en aprender la técnica y la estructura, horas de horas afanándote en el pulimento, y todo para alcanzar apenas en un ilustre anonimato, pues resulta que equivocaste completamente el camino.

Así es, mi estimado/a: ahora te das cuenta de que la receta de la fama en la Guanaxia Irredenta no pasa por hacer buenas obras de arte. Con eso no conseguirás otra cosa que regatear o mendigar espacios para que te hagan el favor de presentar tu precioso arte, de gratis y acompañado principalmente de familiares y amigos, si tienes suerte.

En cambio, la realidad te ha demostrado que hay otros caminos mucho más efectivos para ganar la atención, la portada, la cámara, la foto, el post o el tuit viralizado. Usando uno o varios de estos recursos ya no necesitarás acosar al encargado/a de la sección cultural de tal periódico; por el contrario, este solicitará una entrevista tuya y la pondrá en agenda. Ni siquiera tendrás que ir tú al medio impreso, radial o televisivo, sino esperar orondo a que éste llegue a ti.

¿No es maravilloso?

Puedo sentir tu impaciencia por conocer el secreto, así que no te hago esperar más y paso a revelarte estos cinco recursos que puedes emplear a discreción, si la diosa Fortuna te pone en condiciones de hacerlo.

· Denuncia algún incidente ciudadano que te haya ocurrido, incluso de manera fortuita, de la que pueda deducirse algún tipo de discriminación. Ya con la atención del gran público, aprovecha la ocasión para dejar bien claro que tú, a quien se le ha infligido tal vejación, eres el non plus ultra del teatro, pintura, literatura, danza o cualquier otra rama del arte, aun cuando tu currículum no tenga relación alguna con el hecho denunciado. Verás cuántos mensajes de apoyo solidario e indignación cosechan estas cosas. Hay puteadas también, pero a esas no les hagas caso, que habrá fans de todos los niveles socioculturales a cargo de devolverlas a tu nombre (y de gratis).

Haz un ridículo espontáneo a escala mayúscula. Canta horrible, dibuja espantoso, actúa fatal y pinta como con las de batir lodo, pero hazlo sin poner especial esmero en ello, sin proponértelo sino, por el contrario, creyendo que estás camino al éxito. Este logro es difícil de conseguir, pues requiere de mucha espontaneidad, incomparable autoconfianza, pérdida completa del sentido de realidad y un talento especial para hacerlo todo tan mal que hasta parezca intencional.

Di que te persiguen en tu país y navega con bandera de exiliado. Incluye, eso sí, una anécdota de amenaza, no importa si puedes comprobarla. Dadas las condiciones históricas del Pulgarcito de América, no faltará quién te crea, incluso gente importante que dará su firma en manifiestos de apoyo. Algún periódico de gran tirada o agencia de noticias seria te dará una página completa para entrevistarte como perseguido. Ya con eso, hasta podrías pedir una beca de refugiado o directamente solicitar asilo político (obviamente, en un país europeo).

Haz algo escandaloso (por ejemplo, plagiar) y, cuando te descubran, di que todo lo tenías fríamente calculado y fue intencional: una performance para mostrar el abandono del arte y otras incoherencias. Créeme: funcionó hace cuarenta años y funciona ahora. También puedes comer papeletas de votación.

• Procura que censuren tu obra, de preferencia a nivel institucional. El mejor medio es que primero te aprueben la publicación, presentación o exposición y luego, ya cuando alguien con más criterio que el amiguismo o tus pergaminos tenga una fuerte objeción artística o de contenido, esta se retire de circulación o de plano se suspenda. No tienes idea de lo bien que funciona la censura como publicidad, incluso con obras feítas.

Ten en cuenta, eso sí, que en ninguno de los casos anteriores importa la calidad de tu obra.

__________

Posdata: ante cualquier crítica, usa el infalible argumento de la víctima revictimizada.

lunes, 11 de abril de 2016

El genio entre la locura

Pawn sacrifice” (2014) es una buena película de tema ajedrecístico, escrita teniendo mucha consideración hacia un público que en su inmensa mayoría jamás ha jugado ajedrez.

Tenía que ser así, por cuanto el match por el campeonato mundial de esta disciplina, jugado en 1972 en Islandia entre el soviético Boris Spassky y el estadounidense Bobby Fischer, captó la atención mundial de multitudes que, ciertamente, tampoco sabían mucho del juego-ciencia.

Aquel fue un duelo significativo en el contexto de la guerra fría y, al final de cuentas, la demostración de que, aunque sea por una vez, el genio espontáneo puede superar a una rígida disciplina que produce grandes maestros industrialmente… aun cuando este genio tenga serios y progresivos problemas mentales.

La película es bastante fiel a la historia y resulta entretenida para legos e ilustrados por igual. Apenas hay ligeras dramatizaciones que modifican ciertos pasajes dentro y fuera del tablero, las cuales le hacen bien.

La fuerte y desequilibrada personalidad de Fischer queda bien encarnada en la actuación de Tobey McGuire, que reparte por doquier miradas demenciales y paranoicas; en contraparte, tengo mis dudas sobre la caracterización de Liev Schreiber como Spassky, pues da la impresión de que admiraba demasiado al terrible y genial Bobby, tanto como para hacerle demasiadas concesiones.

Al conocer por este y otros medios la biografía ampliada de Fischer, uno no deja de sorprenderse de las paradojas de las que es capaz una mente tan brillante en unos aspectos y tan deficitaria en otros. Quizá por eso seguimos admirando tanto a ese ajedrecista que alcanzó y abandonó la cima.

sábado, 12 de marzo de 2016

La ganancia que cuenta

Este año también asumí la preparación del equipo del Colegio Externado de San José en el VIII Certamen de Debate Intercolegial, organizado por la Escuela Superior de Economía y Negocios (ESEN), que en esta ocasión aumentó a 36 instituciones educativas participantes.

Me siento muy satisfecho del trabajo realizado, en el cual se capitalizó la experiencia del equipo de 2015 que ganó 3º lugar, y se consiguieron avances importantes en varios aspectos.

La filosofía con la que participamos (ya explicada en otra entrada) valora todo el proceso de aprendizaje implicado, de ahí que el éxito de la actividad esté en el desarrollo de las habilidades de investigación y expresión de los estudiantes.

Si además de todo lo anterior, llegamos a las rondas finales y hacemos debates de buen nivel que nos acreditan un sólido 2º lugar, entonces la jornada es redonda.

Felicito a Marcelo, René, Jenny y Mario por su compromiso y trabajo realizado. Gracias también a Amalia y Fátima, por su apoyo en la redacción; al equipo del año anterior, por su colaboración y observaciones; a los compañeros docentes Gabriel y Celia, siempre dispuestos a ayudar, y a todos los exalumnos/as abogados que nos dieron tips para armar los casos.

domingo, 14 de febrero de 2016

¿Moral por decreto?

Con el concurso de los partidos políticos conservadores, el pasado 11 de febrero la Asamblea Legislativa modificó la Ley General de Educación, a fin de que en colegios, institutos y escuelas nacionales (públicos y privados) se imparta la materia de Moral, Urbanidad y Cívica.

Apartando las dudosas evocaciones nostálgicas de la década de los sesentas (cuando “todo era mejor” y las personas eran “respetuosas y educadas”), esta medida nace como respuesta al evidente deterioro de los valores en la sociedad, agobiada no solo por la violencia delincuencial que alcanza niveles pandémicos, sino por otros índices no menos preocupantes en los que El Salvador se ubica en penosos primeros lugares (p. ej.: agresiones sexuales, corrupción pública y privada, niñas y adolescentes embarazadas, irrespeto a las leyes de tránsito, el insulto como recurso habitual, etc.).

La pregunta clave es qué tan efectiva puede ser esta materia para los fines buscados.

A falta de estudios que demuestren la correlación entre contenidos teóricos y prácticas reales, el resultado de la mencionada iniciativa solo puede estar sujeto a especulaciones basadas en la argumentación discursiva.

En principio, la reflexión sobre contenidos éticos es intrínsecamente provechosa, toda vez no se desnaturalice para convertirla en moralismo de ocasión.

El Ministerio de Educación debe tener sumo cuidado para elaborar un buen programa de estudios con contenidos orientados a promover valores como el respeto, la tolerancia, la justicia, la responsabilidad y la honestidad, entre otros.

Sin embargo, lo más importante en el aula quizá sea el método que se implemente para desarrollar los temas, el cual debe ser participativo, incluyente y que propicie la actividad de los estudiantes en las reflexiones que se hagan. De otra manera, se caerá en el mero sermón que solo reforzará a los ya convencidos, si es que no los aburre.

Una observación importante es que, aun cuando esta iniciativa busca que el aula incida en la sociedad, lo cierto es que las cosas parecen funcionar mayoritariamente en otra dirección: es la sociedad la que incide en el aula.

Si los estudiantes ven que en cualquier trabajo no se progresa por méritos sino por favores y compadrazgos; si niños y niñas tienen claros ejemplos de conductas inmorales en las instancias estatales judiciales, legislativas y ministeriales; si los propios líderes religiosos a quienes siguen sus familias son quienes han cometido abusos sexuales y sus rebaños los justifican o defienden; si las instituciones encargadas de perseguir el delito e impartir justicia son sinónimo de ineficiencia y desconfianza; en una palabra: si el ejemplo no viene de los adultos/as actuales, ya podrán impartir las cátedras que quieran, pero la incidencia será insignificante.

La moral es una convicción y una práctica cotidiana, no viene solo por decreto.