sábado, 11 de noviembre de 2006

La costilla engañadora


Hace algunas semanas, impelido por la curiosidad y una pertinaz insistencia por parte de dos colegas, decidí aceptar su doble invitación para almorzar en un pintoresco y urbanamente folklórico lugar llamado “El costillón”, al cual no sólo ellos son bastante aficionados. Accedí con dos condiciones: la primera, incorporar a un cuarto comensal abstemio, a fin de equilibrar la balanza y dejar las cosas, cuando menos, en un empate; la segunda, que el par de propulsores de la iniciativa se mantuviera, si no exentos del consumo de bebidas espirituosas, al menos en un límite razonable.

Sólo estando allí (por fortuna, sin ebrios escandalosos que rodearan el ambiente, merced a una providencial tormenta que cayó sobre la ciudad) pude comprender la lógica intrínseca del plato que da nombre al local: la costilla de res asada. Dado que la cantidad comestible es mínima, hay que roerla para extraer exiguas proteínas y esa operación se extiende por decenas de minutos. Entretanto, el sujeto va consumiendo vaso tras vaso de ese popular, lupuloso y fermentado líquido de origen tan antiguo como humano, defenestrado de su respetable posición histórica merced a cualquier manada de borrachos.

La observación primordial fue, pues, que la costilla asada es sólo un chupete, un engañador como el falso biberón de un bebé. Su doble función consiste, primero, en saborizar la tortilla asada que suele acompañarlo y, segundo, exigir el trasiego (verbo fundamental de significado simple: “beber en cantidad vinos y licores”) para disimular el paso de los minutos infructuosos.

Consigno finalmente que el pacto se cumplió: varios vasos de refresco de arrayán suplieron, para mi beneficio y el del cuarto colega en cuestión, la importante función accesoria (¿o esencial?) antes descrita; entretanto, el otro par mantuvo a raya, en esa única cita, su conocida afición etílica; con lo cual, unos y otros acabamos, de alguna manera, en paz.