sábado, 11 de noviembre de 2006

Mascota argumental

El de la foto es Largo, un daschund o perro salchicha, mascota oficial de la familia desde 1998 (también están las tortugas, siete y aumentando; pero ellas, menos expresivas y algo más conformes, no reclaman con tanta vehemencia el título). Su polifacética presencia en jardines y otros resquicios de la casa tiene, a mi modo de ver, cierto significado metafísico.

¿En cuántos volúmenes filosóficos, ríos inconclusos de páginas, excelsos cerebros humanos han intentado penetrar los insondables secretos del universo? Pues aún después de vanos intentos por demostrar la existencia de un Orden, un Logos, una Inteligencia Superior, tenemos dudas sobre si será o no será, si el azar esencial o un Demiurgo Universal... ¡Y la sola presencia inconsciente de este animalejo nos induce a concluir la existencia de esa Necesaria Presencia!

Su solo diseño, su canina personalidad, ¿de qué otra forma podía entenderse, como no sea el acto demostrativo de una Inteligencia Superior, quien ha pensado en cada detalle para concederle una existencia de mascota en sí? Entendámoslo como compañía, juguete viviente, centro de atención en ratos de ocio, destinatario de todo tipo de interjecciones, regulador del ánimo familiar, recepcionista incondicional o protagonista de anécdotas varias... ¡cuán difícil es pensar que la pura casualidad haya podido producir al animal doméstico!

¿Y no será este un mínimo y primer argumento para abrir nuestra mirada a razonamientos más profundos?